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 Asunto: 300 gramos
NotaPublicado: 11 Abr 2016, 22:56 
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300 gramos

Conocí a la hija del General por pura casualidad. Ambas cursábamos el último año de la vieja escuela secundaria y apenas nos separaba la pared medianera de dos aulas contiguas. Es gracioso cómo me enteré de ella: yo pasaba por el pasillo cuando la preceptora, con la puerta entreabierta, les tomaba lista, y casi sin querer escuché ese apellido: Carduzzo. Fugazmente alcancé a ver a una chica rubia, alta, con cola de caballo, que desde un pupitre de los de adelante levantaba una mano y decía “presente”. Memoricé la cara, y aunque a la salida formamos hombro con hombro (los tres quintos se agrupaban juntos en el patio) evité encararla con alguna excusa. Mejor esperar la opinión del Pozo. En la reunión de la semana siguiente le llevé el dato a los chicos. Hicieron algunas averiguaciones y sí, era nomás la hija del General. Como yo, su nombre de pila empezaba con “Ana”; como yo, tenía diecisiete años. Vivíamos en el mismo barrio y hasta manteníamos cierto parecido físico. Con los chicos entendimos que debíamos aprovechar esta manito que nos daba el azar. Hubo un cambio brusco de planes y los demás pusieron todas las fichas en mí. Armamos un plan de operaciones, que activé al lunes siguiente.

La primera operación. En la entrada, cuando después de cantar Aurora y rezar el Padrenuestro (era un colegio parroquial) marchábamos en fila hacia nuestras aulas, me adelanté en la escalera al curso que nos antecedía y alcancé a leer la tapa del libro que ella llevaba bajo el brazo, atado con otros mediante una liga elástica, justo antes de que se metiera en su salón. En el segundo recreo, el más largo, salí a buscarla por el patio. Hablaba con sus amigas haciendo corrillo. Le toqué amablemente el hombro y ella se dio vuelta con un poco de brusquedad. Sonreí y me presenté. Ella me dijo “hola” y me ofreció una mano fláccida. (En otro mundo, en otra vida menos ingrata, creo que hubiéramos sido grandes amigas.) Le comenté que necesitaba urgente un libro de química y que alguien de su división me había dicho que ella lo tenía. Sí, me respondió, casualmente lo había traído porque era el que su curso estaba usando como bibliografía obligatoria para la materia que daba el profesor Sánchez. “Lo tengo arriba”, me dijo, cabeceando hacia una ventana del primer piso, “pero en la próxima hora lo vamos a usar”. Nos quedamos un rato en silencio. Al fin dije “prestámelo a la salida, yo fotocopio lo que necesito y te lo llevo a tu casa para antes de las siete sin falta. ¿Vivís cerca?”. Ella dudó ante la pregunta. Algún mecanismo de defensa creo que le activé. Sonreí y le toqué cariñosamente el brazo. “Sí”, me dijo al fin. “A la salida te lo alcanzo”. En ese momento sonó el timbre y cada una se fue a formar fila para volver a clase.
Hice tiempo hasta eso de las siete, y caminé las nueve cuadras (las conté) que había desde mi casa hasta la dirección que ella me había anotado con un fibrón en la palma de mi mano, en la vereda del colegio. Toqué el timbre de un dúplex moderno pero nada ostentoso, de ladrillos a la vista. A los pocos segundos escuché pasos que se arrastraban, como de ojotas, y noté que alguien espiaba por el visor de la puerta. Una voz de mujer preguntó: “¿Sí?”. “Soy una amiga de su hija, señora, vengo a devolverle un libro”, dije en voz alta. Escuché que dos cerraduras más una cadena franqueaban la puerta. Se asomó una mujer canosa, de unos cincuenta años. “Mi hija fue a violín, está en el conservatorio. Dejámelo a mí si querés”, me dijo con amabilidad. No tuve más alternativa que darle el libro y volverme. Tenía muchas ganas de llevar al Pozo un planito elemental de la distribución de las habitaciones. Pero eso iba a tomar un tiempo. Como consuelo, antes de volverme me di una vuelta a la manzana (por aquellos años no había cámaras públicas ni de circuitos cerrados) y traté de adivinar a qué terreno daban los fondos de la casa, además de hacerme una idea de las aberturas de las habitaciones del primer piso. Estaba ansiosa: no quería ir a ver a los chicos con las manos vacías. Pero si ellos mismos me lo habían advertido: “Andá con calma, Anita, estos laburos llevan su tiempo y no hay que levantar sospechas”.

La segunda operación. Septiembre, llegaron las semanas de las “estudiantinas”, donde algunos alumnos del colegio íbamos a competir contra otros de las ciudades vecinas en muchas actividades deportivas y culturales. En los dos meses que pasaron desde el descubrimiento, mis tareas se habían focalizado en saludar y charlar con Ana cada vez que nos veíamos en el patio, además de forzar “cruces casuales” en el supermercado del barrio. (Un domingo a la mañana la vi haciendo las compras no con su madre, sino con su padre. Él empujaba el carrito y ella iba eligiendo la mercadería de las góndolas. Fue la primera vez que lo vi en persona y vestido de civil. Su cara, sus gestos, me intimidaron y, por el contrario, esa vez salí del supermercado evitando que ellos me vieran a mí.) Pero la carta ganadora la habíamos puesto en mis clases de violín. Entre todos juntamos plata y compramos un instrumento de segunda mano; un primo de Marito, el tercer chico al mando, me dio lecciones básicas.
Me anoté para competir por la escuela en la categoría de música. Como era de esperarse, las Anas éramos las únicas alumnas en todo el colegio con veleidades “clásicas” para representar al colegio. Dos días después la profesora de música nos mandó a llamar y quedamos las tres solas en el taller. Cristina se alegró de que ahora hubiera alguien más que acompañara sobre el escenario a los solos que Ana venía repitiendo desde sus trece años en representación del instituto. “Y además, tocayas...”, dijo la profe y las dos nos miramos y sonreímos. Decidimos interpretar uno de los conciertos para dos violines de Bartok (el más sencillo, por favor, recuerdo que pedí). Cristina armó un plan de ensayos. Como la competencia era en un mes y con las ocho horas de las clases de música no llegaríamos, la profesora consideró que íbamos a tener que juntarnos a practicar fuera de la escuela. Yo puse cara de duda y miré el piso. “¿Algún problema, Anita?”, me preguntó la mujer. “En casa no tengo lugar para que ensayemos tranquilas”, comenté, como disculpándome. Ana me puso una mano sobre el brazo y me dijo “no te preocupes: en la mía nunca hay nadie y tenemos mi cuarto a disposición. No te imaginás la paz que hay”. (Sí, podía imaginármela...) Sonreímos las tres. Quedamos para el siguiente sábado a la mañana. Nos despedimos de la profesora y regresamos cada una a su aula. Como teníamos que cruzar todo el patio, más las escaleras, tuve tiempo para nombrarle algunos compositores de música clásica que el primo de Marito me había hecho memorizar de las tapas de sus discos. En algún momento Ana me dijo “mi papá tiene una colección fascinante. El sábado te la muestro”. Yo simulé un entusiasmo exagerado, del que me arrepentí enseguida (al fin y al cabo éramos adolescentes). Nos saludamos con un beso de mejilla (por primera vez) y se metió en su salón dando con una carrerita.
El sábado, a las diez, toqué el timbre puntual. Me abrió ella. Se la veía muy contenta de ser la anfitriona. “Estaba terminando de desayunar”, me dijo, mientras me llevaba hasta la cocina. Dejé mi violín con su estuche sobre la mesa y me senté a verla tomar el café. La cocina tenía unos ventanales corredizos por donde entraba la luz del parque. La casa estaba en un silencio mortal. Tanto, que podía escuchar a Ana masticando las tostadas. “Tenemos toda la casa para nosotras dos”, me dijo sonriendo. “Mis viejos se fueron a hacer las compras del mes a un súper gigante que abrieron sobre la autopista, ¿lo conocés?”. Dije que no y me malicié perderme una oportunidad tan buena. En esas condiciones resultaría facilísimo... Cuando terminó, dejó la taza sucia dentro de la pileta y me dijo “vamos”. Agarré el violín, subimos las escaleras y nos encerramos en su dormitorio. Era la primera puerta de la planta alta, a la izquierda, ni bien terminaban los escalones. Enfrente otra puerta idéntica estaba entornada. Al final del pasillo había una tercera que, supuse, sería la del baño. Improvisó para mí un atril apilando varios libros que apoyó sobre una mesita. Nos sentamos frente a frente, afinamos y comenzamos a ensayar el concierto que la profesora de música nos había elegido. A los pocos minutos dejé de tocar y la miré. “¿Puedo pasar al baño?”. “Al final del pasillo”, me dijo apuntando vagamente con el arco. Salí de la habitación y una mirada rápida a través de la puerta entornada de enfrente me bastó para corroborar que ahí estaba el dormitorio de sus padres. Por la cortina a medias levantada entraba la luz del día. Vi la cama matrimonial, ya hecha, el cubrecamas verde, más dos almohadoncitos encima. Calculé la distancia hasta el pasillo por donde yo pasaba. El piso enmoquetado se extendía por toda la planta. Lo verifiqué: mis pasos se amortiguaban a la perfección con las suelas de goma de mis zapatillas. Me encerré en el baño y oriné largamente, porque era cierto que lo necesitaba. A la vuelta evité la tentación de asomarme por la puerta; aunque podía escuchar el violín de Ana, no valía la pena correr riesgos.
Como a la hora de ensayar miré mi reloj pulsera y le dije que debía volver a casa: tenía mucha tarea para entregar el lunes, y además mi mamá me esperaba para que la ayudara a preparar el almuerzo. Me acompañó hasta la calle. Chusmeamos sobre algunas compañeras en común que teníamos en la escuela. Cuando ya nos despedíamos ella se acordó de algo, y reteniéndome por el brazo me dijo “la colección de música clásica de papi...”. “No importa”, la tranquilicé, “otro día me la mostrás”. Nos abrazamos como buenas amigas. Cuando llegué a la esquina giré y vi que una camioneta break color gris de fabricación nacional se metía de trompa por la subida del garaje.
Debíamos cumplir con la formalidad, que era un riesgo para los chicos. Competimos y ganamos el concurso en la categoría de música clásica. En verdad, sólo tocamos, porque nadie más de los colegios de la región se había inscripto. Marcos, el mayor de los del Pozo, se afeitó la barba, se hizo cortar el pelo, se puso el traje (que nosotras manteníamos impecable para estas situaciones) y se hizo pasar por mi hermano mayor. Entramos en el “salón de usos múltiples” del polideportivo municipal agarrados del brazo. Por qué mis padres no estaban allí, viendo a su hija en plena actividad social, era una pregunta demasiado íntima que los Carduzzo se habrán hecho pero no se animaron a verbalizar. El General estaba de civil, vestía un elegante ambo Armani color gris. Nos quedamos ahí parados, los cinco, haciendo corrillo en medio del salón, y recuerdo que en algún momento tuve que pellizcar con disimulo a Marcos para que dejara de clavarle los ojos al militar. La madre de Ana, luego de la premiación (el intendente nos colgó una medallita a cada una), nos invitó a “festejar” en un restaurante céntrico. Marcos se disculpó por los dos (al fin y al cabo era mi tutor allí) aduciendo que “nos esperaban en casa”, sin dar más explicaciones. Nos despedimos en la puerta del polideportivo, ellos se subieron a la break y Marcos y yo nos fuimos caminando (me pasaba el brazo por sobre el hombro, tal vez tratando de significar ante los Carduzzo un cuadro de cariño fraternal. Yo sabía que mi compañero se estaba aprovechando de la situación para toquetear más de lo debido. Pero lo dejé hacer, porque la pose convencía).

La operación final. En noviembre decidimos que había llegado el momento de accionar la última etapa del plan. En el Pozo, yo les había insistido a los demás que sólo me arriesgaría si se lo planeaba para la madrugada de un domingo. Los chicos no entendían por qué yo ponía esa condición innegociable, pero accedieron. Así que un viernes, el día anterior a que me juntara con Ana en su casa para estudiar, me entregaron la Liberadora. Ponían un gran cuidado en su manipulación. Yo tenía miedo de que pesara mucho, considerando que debía transportarla dentro de la mochila. Pero no: era moderna, de plástico y electrónica, no de metal y analógica como las que había visto en las fotografías de los instructivos soviéticos. Marcos se encargó de mostrarme de qué modo debía activarla y colocarla. “Anita, apretás acá, la adherís por este lado y salís. Ya está seteada. Esta noche bien guardadita, ¿eh?”. Dije a todo que sí. Recuerdo lo único que pregunté: “¿Y pasado mañana?”. Marcos me dijo “para pasado mañana falta mucho. Vos concentrate en mañana”. No insistí, pero sabía que no me iban a dejar sola. A la salida, los chicos me abrazaron uno por uno, y aunque no lo deseábamos, sonó a despedida. Marito insistió con llevarme hasta mi casa en su fitito. Me dejó a una cuadra, y dentro del auto volvió a abrazarme.
La envolví en una rejilla nueva, para amortiguar cualquier golpe, y metí lo estrictamente necesario de la escuela para no hacer un bulto sospechoso. Cuando llegué a la casa de los Carduzzo, a eso de las once de la mañana, vi que la break estaba estacionada en la calle. Vino a abrirme el padre. Primer contratiempo: pensé que estaríamos solas. Los nervios casi me traicionaron, y la voz me tembló cuando lo saludé y me presenté. El General me sonrió y me dijo “pasá pasá, Ana te está esperando en la cocina”. Sabiéndose un hombre poderoso y “duro”, estaría acostumbrado a intimidar a los extraños, y más a mí, mujer y casi niña. El militar vestía una de esas musculosas de algodón que se usaban antes, más un short de tela y unas medias de hilo subidas hasta las rodillas dentro de unas ojotas. Este detalle casi me hizo reír. Se secaba el sudor de la cara con un trapo mugriento. Cruzamos el living y cuando llegué a la cocina, él, que venía adelante, siguió camino y salió al patio trasero por el ventanal corredizo. Me senté y dejé la mochila en el suelo. Ana daba vueltas las hojas del libro de química con los ejercicios que debíamos practicar para los exámenes del lunes. Enseguida escuché encenderse el motor de una máquina que venía desde el parque. Cada tanto veía pasar al padre por delante del ventanal, yendo y viniendo detrás de una cortadora de césped. Segundo contratiempo: íbamos a practicar los ejercicios de química ahí, en esa mesa, y yo calculaba que estaríamos en su dormitorio, recostadas sobre la cama. Dejé pasar una media hora. Debía hacer un esfuerzo mental muy grande para concentrarme en los ejercicios. Ana me miraba extrañada, parecía que yo había olvidado hasta los conceptos más elementales. Le pedí pasar al baño. Sin apartar la vista del cuaderno, me señaló con el lápiz una puerta que daba al pasillo, al lado de la escalera. Ni siquiera agarré la mochila. Me encerré en el baño de la planta baja (que yo desconocía) y me quedé un rato largo, sentada sobre el inodoro con la tapa bajada. Debía tranquilizarme y pensar alguna alternativa para subir hasta los dormitorios. Pero además, ¿y la madre? ¿Si estaba acostada? No quise maquinarme más y volví a la cocina.
Seguimos resolviendo problemas sacados del libro de química. A la media hora la cortadora dejó de escucharse y entró el General, cruzó la cocina y se encerró en el baño donde yo había estado un rato antes. Salió con una toalla sobre los hombros y subió las escaleras. Diez minutos después las bajó, cambiado de ropa (bermudas y chomba) y vi que encaró hacia la calle. Desde la puerta le gritó a Ana: “Voy a buscar a tu madre a la peluquería y comemos”. Su hija dijo “bueno” y el General pegó un portazo. Ella hizo un gesto con los labios que quería decir “qué bestia que es”. Me fijé en la tapa del libro de química: Sergei Bromofiev. Terminamos con la tanda de ejercicios y nos fijamos en las respuestas que aparecían en un anexo de las últimas páginas: los habíamos resuelto bien y nos alegramos. Yo empecé a levantarme, mirando un reloj que sobre la cabeza de Ana marcaba las doce menos cinco, y le dije que mi madre me esperaba para el almuerzo. Mientras guardaba mi cuaderno en la mochila le señalé la tapa del libro: “Ya sé a quién me recordaba: Prokofiev”. “¿Quién?”, preguntó Ana. Yo puse cara de sorpresa, ¿cómo, nunca había escuchado las sinfonías del compositor ruso? Ella se quedó haciendo memoria. Para zafar pronto de su desliz me dijo “papá arriba tiene una colección im-pre-sio-nan-te”. “¿Tendrá la grabación hecha por la Sinfónica de Londres?”, le pregunté y sentí que el corazón se me aceleraba. “Vení que te la muestro un segundito”, me dijo.
Subimos y entramos en el otro dormitorio. Bajo otra circunstancia, me hubiera sorprendido con sinceridad: toda una pared de la habitación estaba cubierta de punta a punta y de arriba abajo por una discoteca de discos de vinilo. Ordenada alfabéticamente por compositor, había letras de metal amuradas contra el borde de los anaqueles. Dejé la mochila (que traía sostenida por la agarradera de arriba) apoyada contra los pies de la cama matrimonial y fui hasta uno de los estantes de abajo, donde comenzaba la letra P. Saqué una tapa de cartón, la leí y se la mostré: “The complete symphonies. The London Symphony Orchestra”. Ella sonrió, orgullosa por el buen gusto de su padre. Bajamos. Cuando estábamos en la puerta de calle me congelé de golpe. “La mochila”, le dije, y sin esperar respuesta subí corriendo las escaleras. Entré, descorrí el cierre de la mochila, saqué el dispositivo, lo desenvolví, apreté el único botón que tenía (llegué a ver que el display digital, al encenderse, marcaba “1:30”), me tiré panza arriba en el suelo enmoquetado y cual mecánico me deslicé debajo de la cama. Lo adherí con sus sopapitas al elástico de madera, del costado que supuse que dormiría el General (sobre la mesa de luz de ese lado había un libro de historia escrito por un nacionalista que nosotros conocíamos muy bien). Me paré, cerré la mochila y salí de allí a la carrera. En el rellano frené y empecé a bajar la escalera más calmada. Ana venía subiéndola, estaba a mitad de camino. Esperó a que estuviéramos a la misma altura y bajamos a la par. Por decir algo, volví a admirar la colección de música clásica de su padre. En la puerta nos dimos suerte para el examen del lunes, por si no nos volvíamos a ver. Y la verdad fue que nunca más nos volvimos a ver.

Epílogo del día después. De haber pasado la noche en mi casa, luego de la medianoche debería haber escuchado una explosión, o quizás el eco lejano de un estallido en la tranquilidad de la noche. Y algunos minutos más tarde, quizá, sirenas sonando. Pero no. Para esa hora dos de los chicos y yo rodábamos por una ruta provincial hacia la frontera con Brasil. Cuando me dejaron en una casa alquilada de Bello Horizonte, corté toda comunicación con el Pozo. Fue por eso que tardé dos semanas en enterarme de los resultados de la operación. No fue fácil, pero al fin conseguí un diario nacional fechado dos días después de aquella noche. En un cuarto de página de la sección de Policiales se cronicaba el asesinato del General Carduzzo debido a un atentado. 300 gramos de trotyl, calculaban los peritos. Habían calculado bien. Su esposa, que a esa hora miraba televisión en el living de la planta baja, sólo había sufrido heridas leves. Su única hija, seguía la crónica, había resultado ilesa, ya que por haber ocurrido “en la noche de sábado, madrugada de domingo, no se encontraba en la vivienda al momento de la explosión”.

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 Asunto: Re: 300 gramos
NotaPublicado: 11 Abr 2016, 23:31 
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 Asunto: Re: 300 gramos
NotaPublicado: 12 Abr 2016, 14:27 
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Wonka escribió:
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Muchas gracias Willy, y un gusto volver a leerte.

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 Asunto: Re: 300 gramos
NotaPublicado: 13 Abr 2016, 20:38 
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Pura mierda.

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 Asunto: Re: 300 gramos
NotaPublicado: 13 Abr 2016, 23:19 
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Registrado: 25 Ene 2015, 23:36
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ziro escribió:
Pura mierda.


Metete en tus links, que nadie te llamó, seguí tirando mierda en el chat como un cobarde anónimo, que sos. Sorete igonrante, mediocre resentido, mamoncito fracasado. Le faltás el respeto a la palabra filosofía estando acá. Cagoncito, si me vieras cara a cara, saldría corriendo. Soretito digital.

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 Asunto: Re: 300 gramos
NotaPublicado: 14 Abr 2016, 00:25 
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Registrado: 05 Oct 2013, 19:02
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Silenus escribió:
ziro escribió:
Pura mierda.


Metete en tus links, que nadie te llamó, seguí tirando mierda en el chat como un cobarde anónimo, que sos. Sorete igonrante, mediocre resentido, mamoncito fracasado. Le faltás el respeto a la palabra filosofía estando acá. Cagoncito, si me vieras cara a cara, saldría corriendo. Soretito digital.


Menudo mierda eres. Me apuesto la casa a que cobro bastante más que tú. Eres simplemente una mierda de escritor.

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