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NotaPublicado: 24 Jun 2015, 15:26 
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La amistad que no moría

Cada vez que lo veía en la estantería de una librería de viejo me acordaba de mi primer trabajo. Mis primeros dineros ganados en el oficio de la traducción. Y no podía evitarlo: lo sacaba, lo abría en la página treinta y dos y releía por enésima vez lo que seguía después de la raya de diálogo: un personaje le advierte al otro que ¡están pretendiendo! Pretendiendo, esa palabra me persiguió como un pecado oculto que en cualquier momento podía salir a la luz y avergonzarme. Después iba a la página tres, volvía a ver mi nombre impreso junto al copyright de la traducción, y finalmente, antes de volver a dejarlo en el estante, iba hasta la última página para verificar el colofón a la antigua, de esos que empezaban diciendo “Se terminó de imprimir...”, y seguía una firma comercial, una fecha y el número terrible, inabarcable con la mente, del tiraje: mil ejemplares. Me los imaginaba uno detrás del otro, como fichas de dominó imposibles de voltear.
Algunos años después, cuando me dediqué en serio a estudiar el idioma que me daría de comer por años, supe que ese error de principiante se llamaba falso cognado o también falso amigo. Lo pienso ahora y me sorprendo, traducir “they are pretending” por “están pretendiendo”. Lo supe gracias al por entonces compañero del traductorado y hoy mi amigo, Jorgito para la familia, Marlowe para los de su ambiente. Llegó una tarde al salón de clases, me buscó con la mirada y antes de sentarse en su pupitre sacó un libro de su mochila. Me lo alcanzó preguntándome, sonrisa pícara mediante, “¿esto es tuyo?”. Lo reconocí de inmediato, aunque el ejemplar estaba cansadito: el papel marrón y oloroso de humedad, la tapa manchada con algún líquido inimaginable. Sólo el inverosímil Marlowe de Castelar podía andar con esa novelita policial tan mala. “Sí ―le respondí devolviéndole la sonrisa y el libro―, ¿por? Un trabajito de iniciado”. “Ya lo creo ―dijo mi amigo―, fijate la página treinta y dos”. Yo busqué la página, la releí y supe de lo que se trataba. Después Marlowe sacó otro ejemplar en inglés y me lo acercó, pero yo no necesité verificarlo para entender que un falso amigo sobrevivía como esos excesos de la juventud que se empecinan en pasarnos factura toda la vida.
Triste anagnórisis. Ahora tenía dos amigos. Marlowe me prometió que no diría nada, que solamente se solazaría cada tanto recordándome ese pecado de juventud, pero en privado y a título personal. Como una respetable madre de familia que alguna vez siendo joven se prostituyó por desesperación, el reconocido traductor del inglés que ahora era vivía pendiente de esos mil libros desperdigados por ahí como un virus. La primera novela de un escritor norteamericano completamente desconocido, incluido en una colección de bolsillo por un editor menor que quiso ahorrarse unos pesos entregándole el mamotreto de casi cuatrocientas páginas a un traductor aficionado. Como lo declaraba por esos días el hit que cantaba Freddie en las radios, oh yes I'm the great pretender. Yo también era un gran simulador que estaría dispuesto a negarle la paternidad a esa traducción. Cuando revolvía las pilas de libros amarillentos de las librerías de usados, no dejaba de pensar en esos mil vástagos de un tal John Turner. Y en diez años rescaté, comprándolos, ocho ejemplares que aún escondo en mi biblioteca porque quemar libros es una herejía que jamás me permitiré. Es decir que hasta el mismo día del anuncio de los académicos nórdicos apenas había subido a mi arca menos del uno por ciento de los animalitos deformes.
To pretend or not to pretend… Llegó el día en que Marlowe vino hasta mi departamento con la gran noticia anual del mundo literario. Le abrí la puerta y vi que bajo el brazo traía un librito gordo y petiso. Parecía un pastor con su biblia para pobres y se lo hice saber. «¿Viste lo que hicieron los suecos?», me preguntó ignorando mi comentario. Yo dije que no con la cabeza. “Le dieron el Nobel a tu amigo” y acto seguido enarboló frente a mi cara la tapa colorada que en letras negras decía Into the shadows como si me sacara tarjeta roja. “Mirá a dónde llegó el muchacho”, comentó. Yo le dije: “sabés que no creo en los premios. Se lo habrán dado para quedar bien con el género de moda, ése que a vos tanto te gusta”. El Marlowe de Castelar pegó una de esas carcajada que daba cuando la broma le dolía. Él sabía que yo detestaba el policial negro, el mismo género menor que tantas veces me dio de comer. En fin, la excusa es sabida: de algo hay que vivir. Tuve ganas de ofrecerle plata por ese ejemplar extraviado y así hacer nueve, pero sabía que mi amigo me lo negaría, más ahora que se enorgullecería de tener la bibliografía completa del premio Nobel 2018.
Durante los días sucesivos me esforcé por encerrarme en la traducción en la que estaba trabajando. Pero en mi mente esperaba el llamado del editor. Y don Sosa llamó, claro, después de casi tres décadas de no oír esa voz afónica y jovial como la de “El Padrino” en un día de picnic. Estaba exultante, por suerte se había quedado con los derechos de traducción en el país de esa novelita insignificante, y se disponía a reeditarla con bombos y platillos. “Nos vamos a llenar de guita nene, y todo gracias a los suecos y su bendito premio”. Yo le dije con la voz más calma que conseguí: “Don Sosa, como usted se imaginará esa primera edición tiene mil fallas. Hay que traducirla otra vez. Es impresentable reeditar la novela así”. “¿Y cuánto me vas a cobrar, nene?”, me preguntó después de un silencio. “Baratito, don Sosa, baratito. No se olvide que nos vamos a llenar de guita”. El viejo se rió desde el otro lado de la línea. Acordamos un dinero y ese mismo día abandoné el encargo en el que trabajaba y puse en el atril de mi escritorio el ejemplar destartalado de Into the shadows. Debo confesar que tardé bastante en ubicarlo dentro de las cajas donde guardo el material que me mandan las editoriales. Milagrosamente no lo había regalado a alguna biblioteca pública. Me senté frente a la notebook agradeciendo a los suecos esta oportunidad que me daban de desquitarme de mi pecado de juventud. Íbamos a saldar cuentas con ese amigo.
Las consecuencias del mercado editorial eran predecibles: después del premio todos querían leer al flamante premio Nobel. Y la cosa se retorcía más: querían leer al Nobel cuando era novel. El morbo de algunos lectores consistía en transitar a los escritores exitosos cuando eran malos, como recordándoles al que hoy se llevaba todos los flashes y cobraba contratos millonarios que alguna vez había sido un escritorcito al que gracias si lo editaban sin cobrarle el tiraje. Don Sosa capitalizó esa debilidad de los lectores, pero, por suerte para mí, en una traducción digna que terminé en tiempo record. El viejo me llamaba cada cuarenta y ocho horas: cada día que pasaba la noticia llegada desde Suecia se diluía un poco más y su nombre iba desapareciendo de los medios, y don Sosa me recordaba que ésta era la oportunidad de su vida como editor. Pero yo también estaba urgido por terminarla: quería enterrar de una vez y para siempre esa traducción tan dubitativa como la misma prosa del autor.
Un mes después del lanzamiento de la segunda edición en español de Into the shadows lo encontré a Marlowe en la presentación de un libro que organizaba una librería muy chic de Palermo. Nos sentamos en sillas contiguas. El gordo no paraba de mirar hacia atrás, estaría preocupado por el lunch que servirían a continuación, que era el único motivo por el que iba a esos lugares. Mientras allá adelante el autor contaba sobre las maravillas de su nueva creatura, yo le pregunté al oído cómo se sentía ahora que tenía una primera edición en español del primer libro de un premio Nobel. “Me siento como que voy a ganar mucha plata: lo puse a la venta en internet. Para bibliómanos coleccionistas solamente. Se va a lucir en una biblioteca de nogal, tal vez, como un objeto precioso. Podés quedarte tranquilo: dudo de que alguien más vuelva a leer ese ejemplar. Estoy evaluando ofertas”, me contestó con un susurro de su voz calculadamente melosa. “El libro es muy malo, y la traducción pésima ―me guiñó un ojo―. Todavía no entiendo cómo podía leer esos bodrios cuando tenía veinte años...”. Alguien detrás de nosotros chistó para que nos calláramos.

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NotaPublicado: 24 Jun 2015, 18:02 
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Jeje, muy bueno! ¿Cómo habrá traducido "they are pretending" esta segunda vez? ¿Disimulan? ¿Fingen? "Fingen" parece un nombre sueco, así con mayúsculas y con pronunciación viking.

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NotaPublicado: 25 Jun 2015, 16:23 
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Gracias Martín. Yo lo traduciría como "están fingiendo". Como esa banda de los ochentas, the pretenders... Fingen me suena a un film de ciencia ficción escandinavo clase B, "la invasión de los dedos asesinos" con Liv Ullman en el rol de la mujer que grita horrorizada (un grito sueco, claro, muy circunspecto).

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