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 Asunto: Dos entre diez mil.
NotaPublicado: 07 Nov 2017, 22:42 
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Registrado: 08 Feb 2012, 00:46
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Este cuento, escrito con el sistema operativo Linux, queda dedicado a Phillip Kindred Dick (pronunciación: Fílip Quíndred Dic) a Jorge Luis Borges y a muchos otros grandes visionarios, entre ellos Philip José Farmer (pronunciación: Fílip José Farmer) autor del relato Setenta años de Decpob.

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Dos entre diez mil.



Pocos pueden discernir este conocimiento tántrico; uno entre mil, dos entre diez mil.
Palabras de Krishna en el Bhagavad-Guita.

Brahma crea el mundo, Vishnú lo conserva, Shiva lo destruye, y luego Brahma lo vuelve a crear, en un ciclo sin principio ni fin.
Evolución circular del mundo según la filosofía tradicional de la India.



A finales del siglo XXI un asteroide que, mucho tiempo después, sería conocido como La Peste Blanca, se acercó al planeta Tierra.
Era un viejo conocido, ya detectado pasando por la nube de Oort, en los límites exteriores del sistema solar al que pertenece la Tierra.
Entonces el asteroide, denominado oficialmente Oort 1A por ser el más grande de los encontrados antes de la nube de Oort, y popularmente entre los astrónomos como El Gran Huevo, por su tamaño y su forma claramente ovoide, se hizo ver en la órbita de Plutón, para entonces rehabilitado como planeta tras muchas protestas por su degradación a planeta enano por parte de los plutonianos; o sea, por parte de la pequeña colonia de exploradores humanos establecida allí en Plutón.
Rápidamente en la metrópoli, en el planeta Tierra, se organizó una importante reunión de políticos y científicos.
El comisionado (ministro ejecutivo) de las Naciones Unidas preguntó al portavoz de los astrónomos que observaban al Gran Huevo.

- Chandra, ¿qué pasará si no hacemos nada?
- Habrá una gran catástrofe, comisionado. Oort 1A, o El Gran Huevo como lo llaman ya los medios de comunicación y casi todo el mundo, es un asteroide de unos veinte quilómetros de diámetro, por tanto igual de grande, por lo menos, que el meteorito que en la Era Secundaria causó al caer la extinción de los dinosaurios, o al menos influyó mucho en su desaparición.
- Bueno, Chandra, ahora no hay dinosaurios. ¿Qué puede pasar?
- Algo parecido a lo que ocurrió con el meteorito de la Era Secundaria. La gran mayoría de las especies animales mayores en tamaño que un ratón desapareció, igual que las plantas grandes y muchas otras especies. Fue un desastre ecológico mundial.
- ¿Cuántos muertos puede causar el Gran Huevo si no intervenimos?
- El cálculo máximo, difícil de predecir, sería la extinción total de la Humanidad. Pero esto es muy poco probable. Ahora bien, por mucho que organicemos los refugios, las medidas limpiadoras de la atmósfera y demás medidas paliativas, morirá entre el setenta y cinco y el noventa y nueve por ciento de la población.
- ¡Parece el sueño dorado de los cientocuarentaicuatromilistas! Bueno, si no les vamos a hacer la fiesta a esos terroristas que abogan por reducir la población a unos ciento cincuenta mil o ciento cuarenta y cuatro mil habitantes como máximo, ¿qué podemos hacer?
- Atacar al Gran Huevo, desintegrarlo. Es decir, que mediante procedimientos de bombardeo, vibración dirigida, seccionamiento y otros, fragmentaríamos el asteroide, de modo que ningún fragmento mayor de unos pocos quilogramos caería sobre la Tierra.
- ¿Qué consecuencias habría entonces?
- Grandes cráteres locales y algún maremoto cerca de las zonas de caída. En este caso, la política de refugios, aviso a la población, evacuación de las zonas bajo algo riesgo y, ya en la atmósfera terrestre, intercepción y destrucción de los meteoritos restantes por la aviación, sí que sería muy eficaz.
- Y, ¿qué probabilidades de éxito tiene la intervención?
- Como mínimo, Comisionado, tantas probabilidades de éxito como tienen ahora las alertas por inminencia de erupciones volcánicas.

Tras la reunión se decidió intervenir de inmediato. Los políticos, como siempre, aprovecharon la ocasión, al anunciar la peligrosa situación y las medidas que se iban a tomar, para efectuar la enésima subida de impuestos que financiaría la operación (diez veces más barata la operación que la subida de impuestos, en realidad).
Casi nadie objetó nada, salvo algunos chalados religiosos y algunos cientocuarentaicuatromilistas terroristas; maticemos que, pese a las tendenciosas palabras del Comisionado, la gran mayoría de los cientocuarentaicuatromilistas no era terrorista, aunque algunos terroristas de esta tendencia sí que habían llevado a cabo atentados, intentando introducir venenos específicamente antihumanos, o potentes esterilizadores masivos, en el agua, el aire y los alimentos.
Los científicos, técnicos y funcionarios, ya libres de la corrupción de los políticos, hicieron bien su trabajo.
La disgregación preliminar del Gran Huevo fue mucho más fácil lo que se esperaba, porque había unas secciones transversales hendidas y perforadas, como en un inmenso melón o limón. De modo que en pocos meses el Gran Huevo fue cortado en grandes rajas que, a su vez, fueron fragmentadas y cortadas, recogiéndose buena parte de la masa para estudios científicos posteriores; ya antes de la reunión entre políticos y científicos se sabía que el Gran Huevo contenía gran cantidad de moléculas biológicas estructuradas con alto interés en exobiología.
Al llegar los pequeños fragmentos restantes del Gran Huevo a las proximidades de la Tierra, se orientó en lo posible su caída a zonas marítimas o desérticas poco pobladas, y se dio aviso a la población.
Efectivamente, el Gran Huevo (o sea, lo que quedaba de él) cayó en las zonas despobladas previstas, y los sistemas de intercepción, destrucción o captura por redes dieron cuenta de los meteoritos llegados. La población, según las consignas gubernamentales, quedó refugiada en sus casas o en búnkeres subterráneos, con tal eficacia que no hubo ningún muerto o herido grave el día de la caída por efecto directo del Gran Huevo, aunque sí algún muerto por pánico irracional en ataque cardíaco o tirándose al vacío; y, sobre todo, por la recua de imbéciles que, organizados en sus respectivas sectas religiosas, se suicidaron alegando que llegaba el fin del mundo.
Dos o tres días después, los daños directos se reducían a pasajeros oleajes en costas del Pacífico, algunos campos incendiados y algunos edificios superficialmente dañados, todo luego reconstruido con la parte del impuesto contra el Gran Huevo que no se llevaron en comisiones fraudulentas los políticos corruptos que pusieron el superfluo impuesto.
La vida siguió igual... aparentemente.
Los años pasaron. En aquella época, a finales del siglo XXI, recordemos, la población no se había estabilizado ni tampoco continuaba creciendo tan rápidamente. Había experimentado un notable freno a su crecimiento, sobrepasando ligeramente los diez mil millones de habitantes y con la perspectiva de alcanzar once mil millones o doce mil millones ya en el siglo XXII. A eso había que sumar las exiguas colonias en el Sistema Solar, fundamentalmente en la Luna, Marte, Plutón y algunos satélites de Júpiter, como Calisto, Europa y Ganímedes, que contienen agua. Estas bases no eran propiamente colonias, pues pronto se comprobó que era mucho más barato acondicionar zonas semiáridas o subpolares de la Tierra que intentar poblar tales lugares inhóspitos; los cuales, así, se limitaron a unas decenas de científicos en cada base.
Como la naturaleza humana casi no había cambiado, seguía habiendo lo de siempre: políticos corruptos que mienten más que hablan, ilusos que creen en esos políticos, o en sacerdotes que no los sacan de la miseria, etcétera. Y, claro, guerras y crímenes. No todo era malo en ese mundo, pues las guerras y la pena de muerte se habían convertido en algo muy raro, con las Naciones Unidas como una especie de supragobierno global y algunos supragobiernos regionales, como la Unión Europea.
De todas maneras, era ineludible el malestar por la superpoblación creciente, la contaminación, la pobreza de la mayoría, el agotamiento de los recursos naturales, la aparente democracia que ocultaba (cómo no) la oligarquía de los ricos y manipuladores, y la carencia de perspectivas de mejora.
Movimientos como el ya citado cientocuarentaicuatromilismo, que incluso tenía una facción terrorista, o el más moderado milmillonismo (a favor de solamente mil millones de terráqueos) así lo atestiguaban.
Unos diez años después de la caída en la Tierra del ya fragmentado Gran Huevo, Chandra se despertó como cada mañana.
El reputado exobiólogo que expuso el problema del gran huevo a los gobernantes de diez años atrás se levantó de su cama, en el atestado apartamento que compartía con otros científicos y funcionarios en la atestada megalópolis europea en que vivía.
Pero esta vez las cosas habían cambiado. Y mucho.
Fue a saludar a un vecino de piso, trabajador de la limpieza. ¡Muerto en su cama, con evidentes síntomas de asfixia! Chandra, entonces, fue a dar la triste noticia a otro inquilino del piso, estudiante de Derecho, ¡muerto también en parecidas circunstancias! Y, así, Chandra pronto vio que no quedaba nadie con vida en su piso.
Ni en su torre de diez pisos, con unos quinientos inquilinos.
Había estallado una catástrofe, cuyo alcance Chandra desconocía por el momento.
Chandra desayunó someramente y salió a la calle. Estaba atestada de cadáveres, y el tráfico rodado se había detenido.
Chandra empezó a gritar ¡¿Hay alguien ahí!? mientras se dirigía, a pie, a un edificio relativamente cercano bien conocido por él.
A mitad de camino oyó una voz.

- ¡Sí, aquí estoy, y vivo! ¿Cómo te llamas?
- Chandra. ¿Y tú?
- Odiseo. Me parece que los dos vamos al mismo sitio: al Centro de Supercomputación y Telecomunicaciones que está a un par de quilómetros. Y vamos a pie tan lejos porque, en las actuales circunstancias, no nos fiamos del transporte público, ni de los vehículos urbanos de uso individual discrecional.
- Lo mismo he pensado, Odiseo. Vayamos allí a coger datos sobre esta catástrofe.
Unos minutos después, Chandra y Odiseo llegaron al Centro de Supercomputación y Telecomunicaciones. Había cadáveres amontonados a la entrada, pero ordenados. Era evidente que alguien vivo había entrado y había sacado a los fiambres del edificio.
Entraron con precaución.

- Somos Chandra y Odiseo. Estamos vivos y venimos en son de paz. ¿Hay alguien ahí?

Se acercó una mujer.

- Aquí estoy; me llamo Sofía. Estoy viva, como veis, y he venido, evidentemente, a lo mismo que vosotros. En el edificio hay una media docena de supervivientes. Dada la urgencia de la situación, pasaré de protocolos y os llevaré directamente a lo que os interesa.

Sofía llevó a Chandra y a Odiseo a una sala ya conocida por los dos recién llegados. Era una sala para manejo y observación de un gran ordenador. En las pantallas se veían datos, constantemente actualizados, con texto, listas y gráficos sobre la Lista de supervivientes al Gran Huevo.

- (Odiseo) Así que todo esto se debe al Gran Huevo... Bueno, ya lo sospechaba. ¿Qué evidencias tenéis, Sofía?
- (Sofía) La autopsia de un cadáver tras otro indica la muerte a la misma hora y por la misma causa: asfixia debida a los bioides que, como sabéis, fueron introducidos en nuestro planeta por los restos del Gran Huevo que en él cayeron, y por las abundantes muestras del asteroide traídas por quienes lo desintegraron antes de que llegara a nuestra atmósfera. Ya sabéis que esos bioides se han incorporado a nuestra flora o fauna microbiana, y que cualquier ser humano los tiene en el estómago.
- (Chandra) Sí, pero, entonces, ¿por qué estamos vivos los tres?
- (Sofía) Chandra, eres exobiólogo... y de origen indio. ¿Sabes qué dice el Bhagavad Guita sobre el conocimiento tántrico o salvador?
- (Chandra) Sí; que solamente lo poseen uno entre mil, o dos entre diez mil. Y veo que los gráficos de supervivientes forman una curva en S: muy pocos apuntados en los primeros minutos, más de un millón de apuntados la primera hora, más de medio millón la segunda hora... y luego una clara ralentización, que permite predecir un estancamiento a partir de la hora quinta o sexta. ¡Sólo quedamos dos millones de seres humanos en este mundo! ¡Dos entre diez mil!
- (Odiseo) Ya. ¿Y qué ideología compartimos Sofía, tú y yo, oh Chandra?
- (Chandra, con estupor) Los tres somos... somos... antipoblacionistas radicales. Y como tú, Sofía, eres indóloga, algo tendrás ahora que decirnos...
- (Sofía) Sí. Las escrituras védicas indias dicen repetidamente que uno se convierte en aquello en lo que piensa. Y tú como exobiólogo tienes conclusiones que sacar.
- (Chandra) Sí. Los bioides tienen clarísimamente la facultad de discriminar genoma humano... y de detectar las modificaciones epigenéticas que las conexiones neuronales, y tras ellas el pensamiento, dejan en el organismo. En otras palabras: los bioides asesinos han matado a todos los hombres y mujeres que no eran antipoblacionistas radicales... y nos han dejado vivos a los demás. Odiseo, sé que eres ingeniero e informático. ¿Qué o quién lanzó al Gran Huevo?
- (Odiseo) No es fácil determinarlo, pero todo lo que sabemos apunta, como ya lleva años especulándose, a un envío deliberado por algún ente consciente. El Gran Huevo tenía una regularidad geométrica extrema tras la capa exterior expuesta a erosión en el vacío interestelar. Y era un objeto tridimensional enorme, difícilmente creable por azar geológico. Además, las muestras de partículas bioquímicas y pequeños seres vivos estaban dispuestas con regularidad. Claro que no conocemos si los procesos biológicos y geológicos de otro planeta pueden dar lugar a formas vivas capaces de organizarse así incluso sin una inteligencia que los guíe conscientemente... pero todo apunta a que el Gran Huevo no es producto de formaciones minerales inorgánicas, sino una estrategia de expansión biológica; planeada conscientemente, o no.
- (Chandra) Y que nos considera a los seres humanos como a una plaga que hay que exterminar o controlar severamente.
- (Odiseo) Si lo consideras desde el punto de vista de las especies exterminadas, diezmadas o explotadas sistemáticamente por el hombre eso tiene mucho sentido. Pero, más allá de filosofar, hay que actuar y rápido. Estamos ante una catástrofe que puede acabar con los poquitos que vamos quedando.

Efectivamente. Ante más de diez mil millones de cuerpos humanos recién muertos, lo primero era quemarlos o enterrarlos, si se quería evitar un grave foco de infecciones.
Lo cual hicieron sin titubear en los primeros días los supervivientes.
Al mismo tiempo, fueron llegando los mensajes de las bases existentes fuera del planeta. Aparentemente, los bioides no habían actuado allí, a pesar de estar bien presentes. Los plutonianos, selenitas, etcétera, estaban todos vivos.
Claro, unas decenas de hombres y mujeres no residentes en el planeta Tierra, y cuya reproducción era algo anecdótico, no representaban ninguna posible plaga demográfica. Los bioides, evidentemente, habían tenido tiempo en diez años para detectar los distintos ecosistemas, antes de actuar fulminantemente.
Ahora, ¿qué hacer?
No era probable un segundo ataque; y, de hecho, quien volvió de la Luna inmediatamente no sufrió daño alguno. Fuese lo que fuese el ente, o la fuerza, que había provocado todo aquello, no parecía actuar más allá de su drástica reducción demográfica humana. Los otros seres vivos no se habían visto afectados, ni siquiera los monos más parecidos al hombre, como el gorila o el chimpancé.
Era como una repetición, en escala mucho mayor, de la Peste Negra medieval que redujo la población mundial, llegando en Europa a reducir en un tercio la población europea, incluso a la mitad o menos en algunas zonas europeas más vulnerables. Los recursos físicos y biológicos, así como el conocimiento acumulado, no sufrieron pérdida, y todo ello estuvo en el origen de la siguiente prosperidad renacentista, empezando por la generalizada alza de los salarios entre la población, al escasear la mano de obra.
Ahora la producción estaba automatizada y robotizada, claro, por lo cual apenas necesitaba mano de obra. Pero los demás factores sociales tenían un gran paralelo con la ahora llamada Peste Blanca, en recuerdo de la primera Gran Peste medieval.
No se iban a necesitar en lo inmediato el dinero, ni los impuestos, ni los gobiernos, ni las fronteras. Ni los jueces, abogados y tribunales, ni los policías y militares, ni los Estados, ni las Iglesias, los partidos políticos o los sindicatos; ni las empresas.
Ni las cárceles, ni los verdugos.
Chandra y otros supervivientes abrieron las celdas de las ya inútiles cárceles, sacando de ellas a los pocos antipoblacionistas que había vivos en ellas, fuesen disidentes pacíficos o bioterroristas.
Uno de esos bioterroristas, conocido entre la policía, los jueces y los medios de comunicación como Mefistófeles porque opinaba, como cierto homónimo demonio imaginario de la literatura, que todo lo que vive merece perecer, fue sacado de su celda personalmente por Chandra. Mefistófeles, ya antes de que la policía lo atrapara, aceptó gustoso el nombre de guerra, y reivindicaba con él sus atentados.
Al sacarlo, Chandra le hizo un comentario con cierta sorna.

- (Chandra) Mefistófeles, ya sabes cuál es la situación, y que no soy tu juez ni tu verdugo, ya que por el contrario vengo a liberarte. Entonces, no me vengas con la vaina acordada con tu abogado en el juicio, la vaina de que no habías cometido los atentados; porque, aparte de ser una alegación falsa y de que no te salvó de la horca, ya que si te libraste de la horca fue por la reciente abolición de la pena de muerte... esa vaina choca totalmente con los hechos bien probados. Dime, Mefistófeles: ¿por qué hiciste aquellas cosas?
- (Mefistófeles) Las hice porque no todo en el mundo merece perecer... pero el hombre sí. Allí donde va el hombre, encuentra el paraíso y lo convierte en un infierno. Desde que apareció en este planeta, hace ya un millón de años o más, siempre ha sido así. Por eso intenté echar en el agua potable un veneno que los matara a todos, por eso al fracasar aquella tentativa intenté diseminar en el aire un microorganismo esterilizador, y por eso realicé los demás atentados.
- (Chandra) Digan lo que digan los comunistas, oh Mefistófeles, no todos los hombres son iguales. Por ejemplo, es la reciente abolición de la pena de muerte lo que ha salvado tu pellejo, a diferencia de lo que ha pasado con muchos de tus compañeros bioterroristas, sean cientocuarentaicuatromilistas radicales, extincionistas o de otras tendencias. Sabes que muchos de ellos han sido ahorcados sin más miramientos. Y, siguiendo con esta onda, recuerda que estabas en una prisión de máxima seguridad, condenado a seguir en ella para el resto de tu vida. Tras la Peste Blanca, ni siquiera la muerte de tus guardianes te hubiera permitido escapar, porque los mecanismos de bloqueo en las puertas estaban fuera de tu alcance; si no hubiéramos venido a liberarte, probablemente hubieras muerto aquí. ¿Somos tan malos todos los hombres?
(Mefistófeles) Piensas que soy un loco asesino... ¡Pues no lo soy! La Peste Blanca ha sido obra de la Naturaleza, de Dios... o de ambos. Una ley superior a la humana ha dictado su sentencia contra la Humanidad... y la ha ejecutado, claro. Ya no soy quién para oponerme a esa voluntad. Si vosotros los supervivientes, como proclamáis, vais a construir un mundo mejor y sin superpoblación, no me lo creeré, o me lo creeré cuando lo vea... que es casi lo mismo. Pero no me opondré a vuestros propósitos, no volveré a efectuar atentados que intenten exterminar al género humano. Si un milagro va a cambiar a este asesino hace millones de años que es el hombre, no soy quién para oponerme a ese milagro.

Chandra y Mefistófeles salieron de la cárcel. Y, en otros sitios, también los demás presos todavía vivos. Los supervivientes habían decretado una amnistía general, y habían declarado que no habría más leyes penales que impedir que un hombre matara o hiciera grave daño a otro hombre, tomándose medidas para impedirlo en caso necesario, sin matar a nadie. El Estado había sido abolido, y nadie tenía ganas de recrearlo.
Ya en la calle, Chandra se dirigió de nuevo a Mefistófeles.

- (Chandra) Mefistófeles, voy a pedirte ayuda.
- (Mefistófeles, muy sorprendido) ¿Ayuda? ¿A mí?
- Sí, y lo digo totalmente en serio. En los próximos días, semanas, meses y años tenemos que desmantelar las infraestructuras del horror, como las centrales nucleares, las fábricas de armas y las armas mismas. Tenemos que desmontar esos monumentos a la locura que son las megalópolis o las fábricas de insecticidas. Eres experto en guerra biológica, para mal o para bien, así que igual que sabes cómo crear catástrofes humanas, sabes cómo detenerlas o evitarlas.
- (Mefistófeles, con sonrisa escéptica) ¿Tan convencidos estáis de lo que pretendéis? Supongo que a la menor dificultad volveréis a machacaros entre vosotros o, lo que es peor, a machacar a la Naturaleza. Mas, contestando a tu petición: ¡sí, tendréis mi ayuda! Si una mano divina o superior a la humana ha querido todo esto, mi deber es ayudar a esa mano.

Mefistófeles y Chandra paseaban ahora por una gran avenida. Brillaba el sol, y el aire estaba mucho más limpio. Y no solamente porque había desaparecido el tráfico rodado ruidoso, congestionante y contaminante.


Fin

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Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es). La imagen del avatar gráfico es una fotografía que me identifica realmente, no retocada, tomada en septiembre del año 2017.


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Responder citando  
 Asunto: Re: Dos entre diez mil.
NotaPublicado: 08 Nov 2017, 22:02 
Desconectado

Registrado: 19 Ago 2013, 21:38
Mensajes: 3859
una apocalipsis zombie?

sugiero otro final más dentado.

y todos los supervivientes comprendieron que la biologia es algo que se les escapaba de las manos

asi que se montaron una fiesta con lo mejor que encontraron de entre la poblacion superviviente, y al final de la noche, todos demasiado drogados para recordar quienes eran, honraron al dios de los bosques enterrandole muerto debajo del arbol más viejo y resistente del paraiso.

bailaron encima de su tumba, follaron encima de su pequeño momento de paz, y al amanecer

una luz boreal les llamo a todos por su nombre:


adamiel, razguel, caleeb, naheb...

os voy a colgar boca abajo hasta que el dios de los bosques se despierte.




y asi las estrellas están en el cielo colgadas para que no nos olvidemos de que dios tiene mala hostia si te cargas a su naturaleza.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
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