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 Asunto: Aire
NotaPublicado: 02 May 2015, 14:45 
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Cuatro elementos en cuatro relatos

Aire
La tarde presagiaba tormenta, pero la promesa estaba hecha. Y había viento, el aire se agitaba en la atmósfera y parecía llamado para el juego. El Cachi no recordaba cómo había salido la conversación, el domingo anterior, antes del almuerzo familiar, pero su padre había dicho que los chicos de ahora no sabían ni remontar un barrilete, todo el día dale que dale con “ese aparatito”, refiriéndose a la play station. Casualmente, el chico estaba a unos pocos metros, prendido al joystick hasta un segundo antes de que lo llamaran a comer, y ni había escuchado que el juicio de su abuelo lo implicaba. Entonces el Cachi, en un acto de generoso egotismo, se comprometió a enseñarle a su sobrino (y mostrarle al viejo, que con aire sapiencial todavía negaba con la cabeza) los tejemanejes del remontado de cometas. El chico, consultado desde a otra habitación, dijo que “bueno” a la distancia, más que nada para que lo dejaran jugar tranquilo el partido de fútbol que protagonizaba en la pantalla.
Al Cachi no le había resultado fácil encontrar un lugar donde vendieran barriletes. No tenía ganas de ponerse a fabricar uno, y la verdad es que ya ni se acordaba cómo se hacían. Al fin halló un cotillón de barrio con algunos barriletes traspapelados detrás de varias cajas de mercadería aún sin abrir. Cuando el puntero político entró y pronunció “barrilete”, el comerciante se quedó haciendo memoria, como reinstalando una palabra de su léxico perimida hacía siglos. Después rebuscó por los rincones del local, rascándose la barriga, hasta que apartó unas cajas de cartón y allí salieron al aire, recostados contra la pared, tres barriletes tapados de tierra y telaraña. Sus colores representaban a equipos locales de fútbol y el Cachi eligió el de Boca.
Como vivían en el mismo terreno (él con sus padres, en la casa de adelante, su hermano mayor en una casita que se había construido en el fondo, con su mujer y su hijo), el Cachi no tuvo más que caminar unos diez metros, internándose en el lote, y golpear en una puerta de chapa. Cuando su sobrino salió y vio a su tío con un barrilete azul y amarillo en la mano, se quedó boquiabierto: el domingo anterior creyó que se trataba de otras de sus fanfarronas promesas hechas en el aire. “Vamos a la placita, mirá el viento hermoso que hay”, le dijo al chico mirando hacia arriba y entrecerrando los ojos. No tuvieron más que cruzar la calle de tierra: enfrente de la casa había un descampado semi abandonado con una cancha de fútbol y algunos juegos para chicos que en el barrio llamaban “la placita”.
Caminaron hasta la cancha, que era el espacio más despejado y que por ser un sábado a la tarde estaba milagrosamente desierta. El Cachi miró hacia el sur: avanzaba una tormenta importante, todo el horizonte se cargaba de nubarrones de un gris opaco que impresionaba, aunque sobre sus cabezas brillaba el sol. Le dijo al chico, alcanzándole el barrilete, “vos andá a pararte cerca del arco, cuando te haga una seña ―y levantó su brazo derecho― vos lo soltás”. El chico obedeció, mientras su tío iba desenrollando la madeja de ese hilo grueso y blanco llamado justamente “barrilete”. Cuando estuvo a unos quince metros, cerca de la mitad de la cancha, le hizo un gesto con la mano. El niño soltó el barrilete y el otro empezó a correr en dirección a la tormenta, mirando hacia atrás y hacia arriba para adivinar los progresos del remontado. Trastabilló con uno de los muchos pozos del terreno y cayó aparatosamente. El barrilete terminó entre los pastizales y el chico de espaldas en la tierra, revolcándose de la risa. El Cachi se paró, sonriendo, se quitó el polvo de su ropa y fue a recoger la madeja, que en la caída se le había escapado de la mano. Intentaron el despegue de la cometa varias veces más. El viento era intenso pero llegaba de a ráfagas, lo que no le daba tiempo al barrilete para tomar altura y estabilizarse. El Cachi notó que su sobrino empezaba a aburrirse, mirando a su alrededor para ver si algún grupito de amigos aparecía trayendo alguna pelota salvadora.
Al fin, en la quinta o sexta corrida del esbirro por la cancha, el barrilete tomó altura y se estabilizó. El Cachi luchó duro con el cordel, tironeando en varias direcciones. Se apresuró a soltarle bastante hilo para ponerlo bien alto, y lo llamó al chico, uqe había vuelto a prestarle atención. “Tomá, manejalo vos. Firme que si se te suelta lo perdemos”, le dijo, pasándole la madeja. Miró con recelo el cielo: la tormenta ya estaba sobre ellos y el viento empezaba a enloquecer los árboles. Estuvieron un buen rato así, el sobrino concentrado en mantener la estabilidad del barrilete, que muy arriba, era un punto azul y amarillo que se sacudía frenético sobre un fondo gris pizarra. Su tío también relojeaba cada tanto la ventana de la habitación de sus padres, allá del otro lado de la calle. Tenía la persiana baja, y a esa hora de la tarde su padre ya debería de haberse levantado de su siesta. ¿Los estaría espiando por las hendijas? Por las dudas el Cachi sacó su teléfono celular del bolsillo de su pantalón, lo puso en modo video, se alejó un poco del cuadro “niño remontando barrilete” y filmó a su sobrino, mientras le daba algunas indicaciones de rigor para que su voz quedara registrada en la filmación. Consideró que eso era suficiente como prueba para el almuerzo del día siguiente. Cuando un goterón le rozó la mejilla, supo que era momento de cerrar el juego. No tuvo mucho tiempo, porque el aguacero se largó de repente, sin medias tintas. Una ráfaga de viento allá arriba rompió el barrilete de sus amarras, y el rombo de papel azul y amarillo, como por arte de magia, se perdió entre las nubes bajas. El chico quedó maravillado por el efecto que el aire encabritado había producido con semejante desaparición. Se estaban mojando y el Cachi le hizo señas de que corrieran a la casa. Más que por la mojadura, lo hizo para evitar el enojo de su cuñada. En cuestión de segundos cruzaron la plaza, la calle de tierra, y se refugiaron en el porche de la casa. Ambos estaban agitados y sonrientes. El chico todavía tenía en la mano la madeja. Entre los dos enrollaron el hilo que se perdía entre los pastos hasta que la punta llegó con un pedazo partido de la caña que hacía de esqueleto de la cometa. Tal había sido la feroz ordalía del aire, allá arriba. Con este último asombro se metieron en la casa.

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The best thing for a man is not to be born, and if already born, to die as soon as possible.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
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