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NotaPublicado: 16 Abr 2015, 22:29 
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Vista
Él es un devoto de la Virgen de los Punguistas que, en la estación central de trenes, espera el convoy que lo llevará hacia una ciudad del norte. Sucedió que en cierto momento de la crisis, los arrebatadores callejeros se apropiaron de la imagen y la declararon protectora entre los suyos. Y tanta era la necesidad de creer que hasta le inventaron una festividad anual en la que reunirse para agradecerle o pedirle protección. Este carterista, que ahora está fuera de horario de trabajo, viaja para agradecerle. Se llama Jorge (tal vez reminiscencias del famoso pickpocket inglés, teórico del tema e innovador de las técnicas de arrebatamiento silencioso, George Barrington), y para mejor imaginación del lector ahora deberían darse algunas señas particulares (que constan en alguna ficha del departamento de policía): un metro sesenta, tez olivácea, nariz aguileña, ojos pequeños, manos ágiles, con falanges largas y movedizas.
Visto así, desde afuera, parado en el borde del andén número tres, con un solo bolso de mano, sin hablar con nadie, cabizbajo, pareciera estar tramando algo, o contener algún encono con la gente que lo rodea. Los otros que esperan, a diferencia de él, hablan y ríen a los gritos. Algunos almuerzan con un mantel en el suelo, nada limpio por cierto, de la plataforma. Muchos chicos corretean entre los bultos de tela y las maletas de cuero hasta acercarse peligrosamente al hueco de las vías. Jorge parece, ahí, una isla de calmosa meditación, el único, paradójicamente, que llama la atención del guardia de la seguridad privada que se ha acercado de a poco hasta este andén para recoger en su campo visual al centenar de personas que espera el tren del norte.
Miranda es el apellido del vigilante que camina moroso, despreocupado, las manos unidas por la espalda, entre los pasajeros del andén número tres. Fue hasta un extremo y ahora vuelve, eligiendo otro recorrido, esquivando en zigzag los mojones de bolsos y bultos que la gente ha amontonado por ahí, en islas de equipajes que delimitan a los grupos familiares, más preocupada por el retraso del tren que por la seguridad de sus cosas. Miranda mira sin mirar, o sea, sin incomodar a los ya de por sí inquietos pasajeros por el retraso del tren y el calor de la tarde de febrero, aunque es imposible pasar desapercibido cuando se viste uniforme. No necesitó que por el handy le avisaran que cubriera el andén tres: la pizarra electrónica señala la demora de la formación con destino al norte, y como no se sabe cuándo llegará a la estación (mucho menos cuándo saldrá) es mejor hacerse ver antes de que alguien empiece a quejarse a los gritos y el malestar se contagie a los demás, que por ahora canalizan la angustia mirando fijo hacia la curva de las vías, más allá del inmenso galpón, por donde debería aparecer la doble locomotora roja.
Algunos han preferido olvidarse del viaje y, estirando unas mantas que han desenrollado de sus bultos, han logrado conciliar una siesta, según especula Miranda que al pasar escucha los ronquidos de distintas intensidades. Pero además, esta mañana, Miranda había leído por casualidad, en un diminuto recuadro del diario, la peculiar festividad de los devotos punguistas y de los muchos que acuden al rito pagano sostenido por una imagen sagrada. Por eso Miranda hoy trabaja con una curiosidad que no siempre se le da en su oficio tan sutil de hacerse ver y tratar a la vez de pasar desapercibido.
Contreras se llama la mujer, chilena de nacimiento, que sigue con la vista al vigilante mientras simula concentrarse en comer una empanada, apoyada contra una columna de hierro. Ella no es devota de ninguna virgen protectora. Alguien ha dejado a un metro de sus pies una mochila de esas gigantes, de mochilero de ruta. Y a ella la extraña que esa gente, que sabe cuidarse y cuidar lo suyo de tanto vivir afuera, se haya distraído de sus pertenencias justo entre tanta gente de dudosa reputación. La mujer tiene muy desarrollada la visión periférica, y ahora mismo la está usando al máximo para calcular las distancias con sus posibles propietarios, además del tipo de la seguridad que va y viene de una punta a la otra de la plataforma de cemento.
También el operador número cinco observa la mochila solitaria mediante su ojo eléctrico. Le han pedido que rastree arrebatadores sobre el andén tres. Ahí está el señuelo, un policía vestido de civil lo ha soltado con discreción y luego se lo ha “olvidado”. El operador número cinco abre el plano de la cámara, sentado en la sala de monitoreo instalada en el primer piso del hall de la estación, y se aburre un poco al no haber dado aún ni siquiera con un sospechoso. Pero es normal que se aburra en su trabajo, a pesar de que su ilusión desde siempre había sido la de conseguirse un empleo tranquilo como éste. Por el reflejo del monitor el operador número cinco ve que entra en la sala el supervisor. Se aprieta maquinalmente los lagrimales con dos dedos y espera que su cara no se vea somnolienta, sabe que verse mal dormido es el peor pecado que un operador de vigilancia puede cometer.
“¿Y Martínez... alguna novedad”? escucha que el supervisor, a su espalda, pregunta con una voz estentórea que lo sobresalta un poco. “Negativo señor”, responde el operador número cinco sin dejar de mirar fijo el monitor ni de manipular el switch que ahora hace foco sobre un NN joven que, de espaldas a la cámara y a la multitud, observa fijo algo en el hueco de las vías. El supervisor parece quedarse unos segundos mirando el monitor, luego el operador escucha el rumor de sus pasos amortiguados por la alfombra de plástico que salen de la sala. Martínez se distiende un poco sobre la silla con rueditas y se permite desperezarse estirando los brazos hacia arriba, mientras abre la boca en un bostezo mudo y observa a su alrededor las sillas vacías de los otros puestos de monitoreo. Se retrepa en su asiento y ve por el monitor que el vigilante de la misma empresa para la que él trabaja pasa por enésima vez cerca de la mochila y de una mujer gorda que apoya su ancha espalda contra una columna de fierro de la estructura del galpón. El operador número cinco piensa que caminando la inmensa estación central, distrayéndose en ese afuera que sigue siendo un adentro, quizá las horas de trabajo fluyan más rápido.

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NotaPublicado: 18 Abr 2015, 15:21 
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Oído
Qué más podría hacer un jubilado de los servicios de inteligencia del estado que usar su oído. Claro, en sus años de espía “con carnet”, como a él le agrada comentar sólo a sus íntimos, escuchaba las conversaciones ajenas dentro de la legalidad (esto es, de aquello que los poderosos dicen que es moralmente aceptable). Horas y más horas de grabaciones sobre teléfonos pinchados (por entonces sólo los había “de línea”) o dando vueltas por la ciudad con la furgoneta-satélite, intentando captar las comunicaciones de los sospechosos. “Ramón” era el “santo y seña” que le asignaron dentro de la organización, así que de esa manera se lo llamará aquí. El poder era su alimento diario, la impunidad que le daba el estado para hacer algo que, hecho por otros, se castigaba como delito.
Y ya de viejo, de jubilado con identidad reservada (él hubiera deseado que al retirarse le borraran la memoria con un aparatito como el de una película de ciencia ficción que había visto con muchos extraterrestres y la misma paranoia por el secreto) pero con información jugosa para vender, por lo menos, a varios biógrafos del mundo del espectáculo, Ramón se aburría en su casa suburbana con jardincito y piscina modesta. No tenía amigos ni familia, gajes del oficio pensaba él, en el miedo que siempre tuvo de arrastrar a otros en los riesgos de su trabajo. Tampoco le gustaba mentir, empezando por su nombre falso, ni inventarse todo un pasado normal que luego, de mantener la relación, debía sostener hasta el final. Así que se mantuvo solo toda su vida, y había llegado a los setenta años sin familia ni amigos. Antes, cuando estaba en actividad, se quejaba de no tener tiempo para él (siempre se había ilusionado con escribir las memorias de un espía en los años del hipismo y, luego, de la “guerra sucia”), y ahora que tenía todo el día mansito para hacer lo que quisiera ya no tenía ganas de ponerse a escribir o de contratar a una secretaria para dictarle.
Así que, hastiado de los días monótonos que se le atascaban en el cuerpo, y después de agotar las posibilidades de distracción que le prometían la jardinería, el tai chi chuan, el aeromodelismo y el ajedrez, pensó que el mejor entretenimiento sería el de volver a su oficio de siempre, pero como relajado pasatiempo. Pensado bien, se dijo Ramón, ahora no tendría jerarquías de mando que respetar, reportes secretos que presentar ni directivas que obedecer. Espiaría a sus vecinos por el simple placer de espiar. Cuando se le ocurrió la idea, una mañana, ni bien se había despertado, se sorprendió por lo obvio de todo el asunto. Pero antes de salir de la cama se puso a sí mismo las condiciones: se prometió que, se enterara de lo que se enterase, no tomaría ninguna acción. Sí, aunque escuchara a terroristas planear la voladura de la casa de gobierno, no haría nada más que escuchar, sin juzgar ni siquiera intentar comprender. La información en estado puro entrando en su oído, sin causalidades ni especulaciones.
Después del baño y el desayuno fue hasta el galponcito del fondo. Allí estaba, sobre una estantería de metal, un viejo equipo de rastreo y captura de llamadas telefónicas. Verificó lo que se maliciaba: hacía falta repararlo, después de casi dos décadas de abandono, ese leal oído eléctrico reclamaba mantenimiento. La tarea le insumió dos días: uno para conseguir los repuestos (nada fácil, si se tiene en cuenta que estos aparatos no se venden al público junto con las licuadoras, y además porque este modelo ya había pasado de moda. Por eso fue a visitar a sus antiguos compañeros de los servicios, que le trajeron las piezas sin preguntar) y otro día para desmontarlo, arreglarlo, reensamblarlo y probarlo. (Se sentía con un chico con su primer telescopio, que no puede esperar hasta la noche para ponerlo en uso.) Primero lo testeó orientando la antena hacia el vecino de enfrente, un viejito solitario y pitucón, de modales muy correctos que Ramón especulaba que era un homosexual aún recluido en su closet. No tardó en escuchar su voz áspera de fumador que por teléfono solicitaba un servicio de “chongos a domicilio”. Dos horas después, el ex espía vio por la ligustrina a un joven disfrazado de jardinero, (overol marrón de dril y una cortadora de césped eléctrica sobre el hombro que por supuesto jamás puso en funcionamiento) que golpeaba en el portón de la quinta y rápidamente le abrían. Al resto de las voces le costaba identificarlas: por su delicado oficio, y también por una antisociabilidad que no lo avergonzaba, el hombre no se daba con nadie en el barrio, y apenas saludaba a sus vecinos a la pasada, las pocas veces que salía a pasear a pie por el vecindario.
Como un Dante decadente entre las almas del purgatorio pequeñoburgués, Ramón escuchó mucho. Escuchó días enteros, y durante muchas horas dejó que las voces lo extasiaran hasta volvérseles un mantra profano. Escuchó chantajes, escuchó promesas de amor y de suicidios, escuchó recetas, escuchó chismes del barrio que a veces lo incluían. Escuchó proyectos de negocios legales y de los otros, escuchó encargar deliveries de pizzas y de cocaína. Escuchó que lo llamaban por su nombre verdadero, el impronunciable, y que le decían en tono desafiante “yo te conozco”. El jubilado creyó que alucinaba por la falta de sueño, porque por primera vez no tenía una madre que le sacara el receptor de la mano y lo mandara a dormir, o un jefe que le dijera “es tarde, seguimos mañana” y apagara el aparato que ahora era todo suyo.
Al parecer lo salvó el mismo ex compañero de trabajo que le facilitó los repuestos: una tarde pasó a saludarlo, y como nadie respondía rompió la puerta a patadas y ahí lo encontró, en su dormitorio, acostado, con los auriculares puestos y balbuceando promesas de redención a esas voces extrañas que bajaban del cielo.

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NotaPublicado: 20 Abr 2015, 15:30 
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Olfato
De madrugada, en los pueblos de provincia, el horno en funcionamiento de una panadería suele llenar el aire de un aroma que estimula el comienzo del día para quienes a esas horas ya andan por la calle, madrugadores a la fuerza que difícilmente se podrían salir de entre las sábanas de buen humor: ¿a quién le gusta estar en la calle a las cinco de madrugada, y más aún una noche de invierno como ésta, con el aire quieto, como congelado, en la atmósfera? La panadería “La alborada” hace gala de su nombre: la puerta de calle de su local da hacia el este, y si algún contemplativo se sentase en el escaloncito que deja todo su frente vidriado, podría ver el amanecer desde su primerísima luz. También los caños cloacales daban hacia esta poética alborada.
Y esto viene a cuento porque esta mañana, cuando Torres, un maestro panadero de unos treinta años que se empleaba allí, llegó como todos los días de la Creación, menos los lunes, a eso de las cuatro y media, abrió la puertita de metal de la cortina metálica, luego la de blindex, cruzó el local comercial a oscuras y encendió las luces de la cocina, lo primero que hizo fue (como todas las mañanas) encender los dos hornos. Pero lo segundo que hizo (desde el colectivo que venía apretando esfínter) fue encerrarse sin más pérdida de tiempo en el bañito (por hábito nomás, pues estaba solo en la panadería: Marita, la empleada, llegaría dentro de tres horas y el dueño, el gallego Don Alfonso, que se sentaba en la caja a cobrar y vigilar, dentro de cuatro) y “movió el vientre” (este eufemismo lo aprendió de su abuela, y acá por discreción viene muy bien) con mucha energía. Se quedó sentado en la taza casi media hora. Después hizo correr el agua de la cisterna, echó un poco de desodorante de ambiente y cuando salió comprobó que los hornos ya estaban listos y él ni había arrancado con la preparación de la masa.
Al poco tiempo algunos de los que pasaban caminando por allí notaron que algo andaba mal en la vereda de “La alborada”: al familiar aroma del pan y las facturas horneándose, se les mezclaba el olor nauseabundo del caño cloacal que filtraba sus efluvios por algún lado. Y las reacciones, según quién fuera el transeúnte, eran distintas.
A eso de las seis pasó “el loco del escobillón”, un viejito que dormía y “trabajaba” en la estación de trenes: se la pasaba todo el día (escobillón y palita en mano) yendo y viniendo de una punta a la otra de los dos andenes, juntando los papeles y las colillas que los pasajeros tiraban. A cambio, el empleado ferroviario lo dejaba dormir en los bancos de la sala de espera. La cuestión es que el loco pasó por la vereda de “La alborada” y lo único que olió fue lo de siempre, el aroma a pan fresco, del que sus escasos dientes no tenían noticias desde hacía mucho. A la anomalía del día, es decir los olores cloacales desatados por Torres, el loco ni los percibió, tal vez debido a que el aroma rancio de la orina de perros y pasajeros, más la humedad de las paredes descascaradas de la estación, su hábitat natural, le habían acostumbrado el olfato a ver el lado bueno de los olores.
A eso de las seis y media pasó el joven Martínez, rumbo a la obra en construcción en donde trabajaba, y la mezcla de olores le evitaron, por una vez, que la boca se le aguara como añoranza de la factura que no podía comprarse y que le recordaba, seis veces por semana, cuando pasaba por la panadería, el magro mate con galleta de ayer que se tomaba a las cuatro de la mañana en la cocinita a oscuras de su casa, antes de salir para la parada de colectivos. Hoy un olor anulaba al otro sobre la fachada de la panadería, y para su nariz ese efecto de neutralidad distrajo las rememoraciones de sus glándulas salivales.
A eso de las siete menos cuarto pasó doña Eduviges. Un llamado telefónico de su hermana la soltera, que vivía sola en la casa de sus padres ya difuntos, la sacó de la cama a semejante hora y con semejante helada. Tenía que caminar unas pocas cuadras, no valía la pena gastar en un remís, que de todas maneras lo pagaría para llevar a su hermana hasta la sala de guardia del hospital. Eduviges sí, a diferencia de Martínez, desayunaba todos los días con las medialunas que Torres moldeaba y horneaba, Marita despachaba y don Alfonso cobraba. Y la habitué de la panadería no pudo evitar taparse la nariz con el pañuelito que guardaba en su manga: estaba en ayunas y la primera vaharada pestilente le revolvió el estómago. Cuando terminara con la urgencia (seguramente a su hermana le tomarían la presión arterial en la sala de guardia y se volverían) le reclamaría al patrón de la panadería que solucionara ese problema lo antes posible, que así no se podía ni pasar caminando por allí.
A eso de las siete pasó Ramírez, secretario municipal de obras públicas y habitué de la panadería (vivía a media cuadra, tres casas más allá, calle abajo). Iba hacia su despacho y al oler el vaho pútrido que se filtraba por el caño de desagüe que terminaba en la alcantarilla de la vereda, se paró y golpeó el vidrio de la puerta de blindex con la llave de su despacho que traía olvidada en la mano, pasándola por un resquicio de la reja. Tardó en asomarse Torres, con los brazos y el delantal azul enharinados. Acercó la cara al vidrio y le dijo “abren a las ocho” (como el empleado nunca se asomaba al local de ventas, no conocía a este cliente del comercio y conocido hombre público de la ciudad). “Ya sé” le dijo Ramírez, “avisale a tu patrón que se debe haber roto algún caño: hay muy mal olor”. El otro, desde adentro de la panadería, hizo un gesto de aspirar profundo, y aunque no olió nada raro movió afirmativamente la cabeza, con mirada pensativa, y le dijo al secretario “listo, ya lo estoy llamando”. Se saludaron y Ramírez siguió viaje hacia la municipalidad, que ya estaba llegando tarde.
A eso de las siete y veinte llegó Marita. Toda la comunicación que tenían ambos empleados era un “buenas” soñoliento de ella, que pasaba hacia el bañito para ponerse el guardapolvo celeste que era su uniforme de trabajo, a lo que le seguía otro “buenas” de Torres, sin sacar la vista de su trabajo. Esta mañana Marita se detuvo a unos pasos del joven y dijo “hay muy feo olor afuera”. “Sí ―confirmó Torres―, pasó un tipo y me avisó. No quise molestar a don Alfonso. ¿Sabés de alguien que haga destapaciones?” le preguntó. “Me fijo en la guía. Así no se puede abrir” dijo ella y se encerró en el bañito con el guardapolvos en la mano.
A eso de las nueve menos veinte llegó el dueño de “La alborada”, y ya desde la esquina notó el camión de destapaciones parado enfrente del comercio y la reja todavía puesta. La primera hora era la de las mayores ventas, pues se trabajaba con la clientela fija compuesta mayoritariamente por viejas del barrio que venían a comprar el pan y las facturas, y no haber abierto, siendo ya cerca de las nueve, significaba algún problema importante. Dos empleados habían metido un largo y grueso cable de fierro desde la boca del desagüe del cordón de la vereda y con movimientos acompasados trataban de destapar el caño. Don Alfonso entró sin saludar por el hueco que dejaba la puertita de la cortina metálica, agachándose con esfuerzo para su ciática, y en esos pocos segundos supo que con tal olor nauseabundo no se podía despachar a los clientes. Encontró a la empleada en la cocina, muy atenta en seguir los movimientos de tercer destapador que, desde una rejilla que estaba debajo de la pileta, le daba indicaciones a los gritos a los apostados en la vereda. Ni bien lo vio llegar, Marita abrió los brazos, como diciendo “qué otra cosa podía hacer”. El viejo se guardó el regaño.
Cuando terminaron con la destapación, juntaron sus herramientas y se fueron, ya se habían hecho las nueve y media. Después, claro, Marita se puso baldear el piso del local comercial y la vereda, ya que en el ir y venir de los destapadores habían enchastrado todo el lugar con grasa y restos de otras sustancias que mejor no indagar. A continuación la empleada se dedicó a echar bastante desinfectante de ambiente todo a lo largo del salón. Conclusión, que cuando la panadería estuvo en condiciones de levantar la cortina y dar vuelta el cartelito que decía “cerrado”, ya eran más de las diez y la mayoría de sus clientes ya habían hecho sus compras en la panadería de la competencia, que estaba cruzando las vías, en el lado sur del pueblo, y que tal vez por eso la habían bautizado “La sureña”.

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NotaPublicado: 22 Abr 2015, 16:00 
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Tacto
El hombre (treinta y dos años de edad, traje y corbata de escasa calidad, con un maletín de cuero en una mano y un paraguas plegado en la otra) llegó hasta el hall de entrada del hospital municipal. Acababa de bajarse del primer tren del día, que pasaba por la ciudad a eso de las cinco y media de la madrugada, y como el hospital estaba cerca (unas quince cuadras) había llegado hasta allí caminando. Aunque era febrero aún estaba oscuro, tal vez por el cielo encapotado de nubes grises que empezaban a entreverse por el este. El hombre se orientó por el cartel y notó que el pasillo que daba a la sala de guardia tenía sus butacas de plástico, alineadas contra la pared, casi completas por la gente que aguardaba allí. Vio muchas mujeres jóvenes con sus niños en brazos, más algún que otro viejo que también, por proximidad espacial, le pareció que esperaban su turno para hacerse atender por el médico de la guardia. Con su traje y sus zapatos mocasines, el hombre desentonaba un poco con el abandono general del lugar: las paredes húmedas y descascaradas, las puertas de madera despintadas, el pasillito angosto y atestado de caras mal dormidas que lo miraban con una leve sorpresa. Seguía ahí parado, llamando la atención, sin saber qué hacer. Al fin se decidió, avanzó entre las dos filas de pacientes y se sentó en una butaca que daba de frente a la puerta de la sala de guardia.
Todo viajante de comercio tiene por hábito caminar mucho, más aún cuando su empleo no da los réditos esperados y es necesario ahorrarse hasta las monedas de un colectivo local, caminando las diez o quince cuadras que en las ciudades chicas separan a un cliente de otro. Desde hacía varios meses, el hombre había empezado a sentir un fuerte dolor en su cadera, más puntualmente (calculaba él) en la cabeza del hueso del fémur derecho. Era una punzada dolorosa que aparecía en medio de aquellas caminatas que superaban las cincuenta cuadras echas a pie en una sola jornada. Pero últimamente también padecía el dolor estando en reposo: echado en la cama, leyendo, notaba que se le adormecía la pierna, de la cintura hasta la rodilla, y un picor eléctrico le corría por el flanco del muslo. El hombre se masajeaba el muslo con su mano derecha y a los pocos segundos podía retomar su lectura.
Pero esta mañana el dolor había empezado temprano, sin cansancio evidente, en el mismo tren que lo traía, y como faltaba más de dos horas para que los primeros comercios abrieran al público, el viajante aprovechó para pasar por el hospital. “Por lo menos que me den un calmante, y les prometo hacerme pronto los estudios que me reclamen”, se dijo el viajante mientras el tren se acercaba a la estación iluminada y desierta. Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que se había hecho atender por un médico clínico, y la verdad es que se había olvidado de cuánto lo molestaban las inevitables revisaciones táctiles (para él, simples manoseos) de los profesionales de la salud. De hecho, lo incomodaba que lo tocaran hasta en un saludo. Por eso, cuando se abrió la puerta de madera de la sala de espera y vio a un médico joven asomarse, después de que saliera un muchacho con un vendaje en su mano, el viajante no supo qué hacer. ¿Era posible que le diagnosticara su dolencia sin tocarlo, con solamente lo que él le narrara? ¿Y si le pedía que se desvistiese, qué iba a hacer ya sobre la camilla? El médico lo miró y le preguntó, tuteándolo, si estaba para la guardia. El viajante miró a las personas que lo rodeaban. “La señora estaba antes”, se animó a decir. El murmullo general le dio a entender que nadie allí estaba para la guardia, sino que aguardaban la apertura de la sala de pediatría, a la vuelta del pasillo, tan concurrida en sus requerimientos que los pacientes se habían adueñado de las butacas de la guardia. Entonces él era el único para la guardia, es decir el siguiente. Miró al médico y le dijo que no, que no estaba para la guardia. El médico volvió a desaparecer en el interior de la sala.
Se paró y estiró un poco la pierna, con disimulo, luego levantó del piso maletín y paraguas y avanzó pasillo adelante, buscando el baño público. El dolor había disminuido y, mientras trataba de guiarse por los carteles, comenzó a considerar que hasta que resolviera esta controversia que sentía con su propio cuerpo debería evitar los médicos, si no quería pasar un papelón sobre una camilla. Dejarse o no palpar, ese era el recelo. En el baño de “caballeros” no había nadie. Se encerró en uno de los tres boxes que había, todos sucios y húmedos. Sobre el borde de la puerta colgó el paraguas por su mango y apoyó el maletín sobre esa misma superficie, en un balance incómodo. Antes de sentarse en el inodoro se quitó el saco y buscó una percha, claro que no halló nada en las paredes de paneles de madera que se pareciera a un gancho, así que tuvo que apoyárselo sobre el hombro, doblado en dos como un poncho de folclorista. Mayor atención debió poner para que sus pantalones, bajados hasta los tobillos, no se mojaran con el agua del piso. En eso estaba cuando una puntada de dolor le electrizó la pierna. Se la masajeó con desesperación mientras se erguía un poco de la taza. En eso estaba cuando escuchó que desde la puerta del baño una voz chillona de mujer decía “limpieza” y luego: “¿se puede?”. El viajante respondió con voz ahogada “un momentito”, después notó que la mujer se alejaba por el pasillo.
Cuando salió del baño dio algunas vueltas por los pasillos del hospital, testeando su pierna (tenía unas veinte cuadras de caminata hasta el centro de la ciudad, o podía tomar el colectivo local en la misma puerta del edificio). Pensó en quedarse hasta el cambio de la guardia médica, ya que con el doctor actual no podía insistir. Pero si en el siguiente turno había una mujer, ¿se dejaría palpar? La misma idea le causó repulsión, y se sorprendió de que el hecho de que lo tocaran lo afectara tanto. Consideró que su problema se había vuelto fobia y le estaba perturbando su quehacer diario. Tal vez debiera sacar ahí mismo un turno no para el traumatólogo sino para el psicólogo. Pero el dolor en la cadera seguía ahí. Salió a la calle. La brisa de hacía un momento crecía en intensidad y ya se respiraba en el aire el olor de la lluvia que estaba pronosticada. Por asociación mental de “lluvia” pasó a “paraguas”: su mano izquierda colgaba vacía. Se lo había olvidado en el baño.
Cuando volvía a entrar al hospital con paso rápido, una vieja gorda que salía sola, sosteniéndose con una mano del bastón, le dijo “mhijito ¿me ayuda hasta la parada?”. El viajante miró a su alrededor y se resignó a que la mujer se aferrara de su brazo con la mano libre. Estaba en camisa de mangas cortas, puesto que no había vuelto a ponerse el saco, y el contacto de esos dedos regordetes y arrugados sobre su piel le hizo subir hasta la garganta un gusto amargo. Pero fingió la mejor predisposición de boy scout y arrastró a la vieja hasta el refugio de la parada de colectivos que estaba a unos veinte metros de la puerta, cruzando el estacionamiento. La mujer se dejó caer en el banco de cemento (al fin le quitó las garras de su brazo) y le dijo “gracias mhijo”. El viajante volvió con paso apurado hasta el baño y se encontró con que la puerta de madera estaba trabada con un palo de escoba del lado de adentro. Cuando el hombre intentó abrirla la misma voz femenina de antes le advirtió que estaba limpiando y que tendría que esperar. El viajante aclaró que necesitaba agarrar un paraguas que se había olvidado, y le detalló el lugar donde la mujer debería hallarlo. Hubo unos segundos de silencio y al rato la empleada del hospital se asomó por la puerta bloqueada y se lo alcanzó.
Otra vez de salida el hombre consultó su reloj pulsera: eran cerca de las siete de la mañana. El dolor de la pierna era ahora apenas un cosquilleo. Decidió caminar hasta el centro. Cuando estaba cerca de la puerta de calle la luz y el rumor le señalaron que la lluvia había comenzado, y era torrencial. Se puso el saco (el viento había bajado la temperatura varios grados) y se quedó mirando la calle, de pie, apoyado un hombro contra los azulejos sucios del pasillo de entrada. Ya comenzarían a funcionar los consultorios, y muchos entraban a las corridas, empapados por el agua que caía con una intensidad poco habitual. (Era todo un triunfo hacerse de un turno en el tambaleante sistema de salud pública, y perderlo por pocos minutos era imperdonable.) Enseguida la calle comenzó a inundarse y los pocos taxis que aguardaban en la puerta del edificio empezaron a trabajar con los pacientes que salían sin tener siquiera un paraguas, aunque con semejante tormenta el paraguas era perfectamente inútil, él que trabajaba en la calle desde hacía años lo sabía bien.
Con la lluvia el viajante calculaba cuánto se mojaría si corría hasta el refugio de la parada de colectivos (la vieja gorda ya se había ido), pues con tanta agua cayendo del cielo podía ver que ese techito de chapas que ocupaba la vereda en nada refugiaba a las tres mujeres que esperaban el colectivo, los brazos cruzados sobre la remera de verano, tratando de adivinar la cercanía del ómnibus detrás de la tremenda cortina de agua. En eso estaba cuando un remís se acercó hasta el toldo de la puerta principal y se detuvo en el estacionamiento reservado para las ambulancias. Bajó una médica joven y bastante atractiva (ya traía puesto su uniforme de trabajo: camisa y pantalón de tela celeste), y entró en el edificio a la carrera, en peligroso equilibrio sobre sus tacos. El hombre la siguió con la mirada y notó que la mujer doblaba en el primer recodo, el que desembocaba en la sala de guardia. A los pocos minutos vio salir al médico que había visto casi dos horas antes. Y aunque ya no pensaba en su pierna, al viajante le volvieron las ganas de hacerse atender. Volvió a instalarse en el pasillo de la sala de espera, parado cerca de la puerta. Cuando la médica asomó la cara por la puerta desvencijada dijo un número, y el viajante (que ya había dando un paso en dirección a ella) vio que un adolescente se paraba y avanzaba con un papelito de color rosa en la mano, perdiéndose dentro del consultorio. El viajante prestó atención: había doce personas con ese trocito de papel numerado en la mano. Varios de los que aguardaban lo miraban. Preguntó en general “¿hay que sacar número?”, como toda respuesta varios le señalaron una ventanilla que, pasillo adentro, ahora estaba abierta e iluminada.
Siete y cuarto pasadas. Ya no había tiempo para esperar: se atrasaría con sus clientes y para el mediodía debía estar en la ciudad siguiente, treinta kilómetros más hacia el oeste de la llanura. El viajante se abrochó el saco hasta arriba, protegió el maletín abrazándolo desde su base, abrió el paraguas y se largó al mundo líquido que lo rodeaba.

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Gusto
Cuando el cocinero matriculado Ernesto Saborido se hizo cargo de la cocina del restaurante “Lo de López” creyó que al fin le había llegado la oportunidad para hacer algo “creativo”: era cuestión de convencer a su flamante empleadora de que era fundamental apropiarse del paladar de los clientes con invenciones culinarias autóctonas, o sea “de la casa”. Al día siguiente de empezar a trabajar allí, cuando ya se iba, se lo comentó de pasada a la viuda de López (como todos llamaban a la dueña del lugar) que contaba la recaudación del día con la concentración propia del momento más feliz de la jornada. El cocinero se acercó a la mujer y la interrumpió en pleno recuento de un fajo imponente de billetes que ella retenía contra la madera de la barra con una mano, mientras que con el dedo mayor de la otra pasaba los billetes violetas de a uno a gran velocidad (al empleado le recordó la técnica usada por los cajeros de los bancos). La viuda lo miró con un dejo de molestia, pero considerando que era nuevo se contuvo de hacerle ver que debería reiniciar el conteo de lo más valioso del negocio, aunque por otra parte alargaría un rato más el momento más feliz del día. Saborido se disculpó y en pocas palabras le comentó que el restaurante necesitaba de una “salsa de la casa”: puntapié inicial para crear toda una gama de sabores con el sello propio del lugar. “Sólo así los clientes van a volver por lo que solamente acá se les puede dar, y no por simple hábito. Yo tengo mis propias recetas”, largó el joven, no sin cierto orgullo en sus ojos. A la viuda del Gallego estas palabras le sonaron pedantes, más aún viniendo de un cocinerito recién recibido con su primer empleo serio. ¿No se daba cuenta del cuchitril en donde se había metido? La mujer volvió la mirada a los billetes y le dijo que se preparara algo y ella lo probaría (¿y lo aprobaría?). El empleado saludó y se fue.
Una semana después, con precisión militar (mismo día y misma hora), Saborido salió de la cocina con su bolsito habitual más un plato con la sobra de unos tallarines encargados hacía unas horas y recalentados para la prueba. Encima, una capa espesa y blancuzca cubría la pasta hasta casi rebalsar el plato. Antes que su persona, a la mujer la distrajo el aroma de la comida que Saborido, con una sonrisa de contenida excitación, adelantaba sobre la palma de la mano. La viuda de López volvió a guardar el fajo de billetes en la caja registradora y con un gesto cansado de su mano le indicó que le acercara el plato. (El desempeño de su nuevo empleado, a una semana de empezar, no era el mejor para estar a cargo de la cocina, pero lo compensaba con una voluntad poco entendible de querer convertir ese quasi bodegón en un lugar con personalidad, pensaba la dueña.) La mujer bebió de su vaso de agua para quitarse todo gusto de la boca, y luego cargó con el tenedor una abundante cantidad de salsa, se la llevó a la boca y la paladeó un buen rato. Varios segundos después del suspenso teatral, la viuda apartó el plato y le dijo “póngalo en la carta y veamos qué pasa”. Saborido sabía (una semana de tratarla todos los días era más que suficiente) que la vieja era bastante parca para transmitir sus sensaciones y sentimientos; por eso interpretó las palabras como una aprobación.
Reimprimieron las cartas plastificadas que se dejaban sobre cada mesa: el plato de tallarines, en sus tres versiones (con salsa blanca/con tuco/con pesto) ahora agregaba una cuarta variante, “con salsa de la casa”, destacada en letras negritas. A la vez Saborido les pidió a los tres mozos que recomendaran la salsa nueva, pues de lo contrario jamás se instalaría en la clientela el sello de distinción del restaurante, pero los muchachos de saco y moñito apenas le prestaron atención. Pasó otra semana y nadie pedía la salsa de la casa. El cocinero creyó oportuno comentarle a la dueña que quizá era tiempo de alguna gentileza para con el cliente: un plato de cortesía que trajera la salsa de la casa, para difundir la novedad del lugar. Con insistencia casi infantil, el cocinero le dijo a la mujer que esa gentileza era una inversión: cuando el gusto estuviera instalado en la “memoria gustativa” (usó tal expresión) de los comensales, invitarían a otros a probar ese sabor único y las ventas aumentarían. La vieja lo miró por sobre sus anteojitos de ver de cerca (los números de los billetes), y le comentó en tono duro que el rubro no estaba para cortesías, que al fin y al cabo tener una salsa de la casa no era nada del otro mundo, y que la salsa tampoco era “el descubrimiento gastronómico del siglo”. Después ella reinició el conteo de los billetes. Saborido saludó y se fue. Durante todo el viaje en su motito de baja cilindrada llevó en la garganta el regusto de amarga incomprensión.
La primera “equivocación” pasó desapercibida para la viuda, instalada en su butaca detrás de la caja registradora. Santillán, el mozo más viejo (vaya paradoja de la lengua) del lugar, fue el que se asomó por la ventanita que comunicaba con la cocina trayendo un plato de tallarines de recambio. “El tipo dice que la salsa blanca está agridulce, ¿té fijaste bien qué le pusiste?”, le preguntó al ayudante de cocina que sobre la mesada pelaba unas papas. Saborido, que de espaldas a la ventana preparaba la masa de una pizza, se hizo cargo de la “confusión” en persona. Se limpió las manos enharinadas en su delantal blanco y salió al salón comedor. A la distancia vio una mesa con una típica familia (padre, madre y dos hijos adolescentes) y supo que debía dirigirse al hombre, un gordo con calvicie prematura que ayunaba sin sacarle los ojos a la milanesa a caballo que su esposa devoraba. Con palabras muy floridas y gestos de ampulosa cortesía, el cocinero creyó oportuno disculparse en persona de la tan desafortunada equivocación. El hombre lo tomó a bien, al fin y al cabo el empleado tenía la deferencia de venirse hasta allí, con el trabajo que tendrían un sábado a esa hora, para reconocer su error. “De todas formas, señor, ¿usted le dio una oportunidad a sus papilas para degustar nuestra más sublime creación?” lo interpeló el cocinero de repente, las manos cruzadas sobre el vientre y un poco arqueado, en un giro que desconcertó al gordo. Miraba a su mujer sin saber qué decir. “¿No quiere insistir con nuestra salsa de la casa, eh? Por qué no se anima a nuevas experiencias culinarias. Tal vez su gusto esté... ―aquí Saborido tardó unos segundos en encontrar la palabra― adormilado por la rutina de siempre lo mismo». El tipo le dijo que bueno, que le calentara nomás el plato que recién se habían llevado, que iba a darle otra oportunidad a esa salsa que prometía tanto. Más que por convencido, el cliente aceptó la propuesta del cocinero porque ya no soportaba más el hambre, y lo mismo le daba a esa altura una salsa que otra.
La “equivocación” de las salsas se repitió a razón de dos veces por semana, martes y sábados, puntual: si alguien encargaba pastas con algún tipo de salsa, seguro que salía con “la de la casa”, y allí aparecía en el salón Saborido con su habitual cortesía y apasionamiento a la hora de insistir en el error de la casa. La viuda entendió, y empezó a cansarse de verlo por ahí, transpirado por los hornos y hasta con la cara enharinada; pero resultaba que muchos de los comensales, antes de irse, se acercaban a la caja para dejarle una propina al cocinero “que con tanta amabilidad nos trató, cómo se nota que quiere su oficio, no sabe usted cómo nos convenció para que probáramos la exquisitez de la casa....”. La dueña hizo memoria: desde su difunto marido, nadie se había acercado hasta la mesa de los clientes para pedir disculpas, preguntar si todo marchaba bien o hacer sugerencias de la carta.
Saborido continuó con su estrategia de inducción personalizada durante unas semanas más: un “malentendido” que le daba pie para salir de la cocina y difundir su creación, hablando cara a cara con los comensales. La viuda lo dejó hacer. La era dorada del cocinero Saborido llegó por aquellos días, la noche que las tres viejitas que acostumbraban asistir a la última función de los domingos del teatro que estaba enfrente, antes de ordenar, le pidieron al mozo que llamara al cocinero un momentito, por favor si no era mucha molestia, para que les pasara la receta de su invención. Saborido, todo sonrisas y reverencias, les detalló la receta (que una de las ancianas anotó en una hojita que sacó de su cartera) pidiendo discreción “para que no se enteren los de la competencia”. Ellas entendieron y prometieron absoluta reserva. En un sotto voce enternecedor, Saborido se inclinó un poco más sobre la mesa y les especificó sustancias, gramajes y forma de preparación, con sus tiempos y sus cuidados. El joven cocinero, servicial junto a la mesa de las viejitas, cantó todo, menos un ingrediente, claro, que como la famosa fórmula de la Coca-Cola, permanece en estricto secreto.

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Por ahora leí Vista, Gusto y Oído, son muy buenos todos.

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Martincito escribió:
Por ahora leí Vista, Gusto y Oído, son muy buenos todos.


Gracias Martín. Están a prueba, postulantes para el papel.
Arranco con otra serie.

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NotaPublicado: 26 Abr 2015, 15:44 
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Fuego
A él le dicen “el Cachi”, los otros tres chicos que lo acompañan entrarían en varias categorías: amigos, vecinos, compañeros de trabajo. Los cuatro ruedan casi a paso de hombre por una calle de tierra. La hora (cuatro de la madrugada) le agrega más quietud al lugar. Han dejado hace unos momentos la ruta provincial y se han internado por esta calle que bordea terrenos baldíos, quintas de fin de semana y algún que otro vivero en completa oscuridad. Ellos necesitan una zona así, algún rincón despoblado de la localidad que les permita terminar sin sobresaltos el plan que el concejal (que les prestó su auto) les encargó esta misma tarde. De haber seguido unos kilómetros más por la ruta habrían encontrado zonas rurales, con amplios sembradíos y casi ninguna construcción, pero ya estarían peligrosamente cerca del límite con el municipio vecino, y el Cachi, que maneja y comanda el “operativo”, no quiere correr riesgos.
“Acá está bien”, dice la mano derecha del concejal, y detiene el auto en medio de la calle. Bajan todos y el Cachi, a quien el concejal confió el cuidado de su coche, va hacia atrás y abre el baúl. Entre los cuatro comienzan a sacar una gran cantidad de pasacalles, carteles y otros estandartes de la campaña electoral que termina dentro de dos semanas, con las elecciones nacionales. Los muchachos han sido eficientes, y descolgaron cuanto cartel proselitista encontraron de las muchas listas opositoras al concejal que hoy es su caudillo y protector, incluso los pasacalles que difundían la candidatura del hermano del político al que responden, quien se postula en otra corriente dentro del mismo partido.
El Cachi dice “hagan una montaña acá” y señala un espacio de tierra que iluminan los faros del coche, más allá del zanjón reseco que hace de cuneta. Los otros tres van y vienen cargando los estandartes de tela arpillera con nombres de candidatos, sellos, cargos públicos y números de listas pintadas a mano con aerosol. Cuando terminan de transportar los carteles, el Cachi, que se había quedado a un lado mirando cómo los otros trabajaban, saca un bidón de nafta del baúl y una cajita de fósforos del bolsillo de su pantalón de jean. Rocía la montaña de tela hasta vaciar el envase y arroja un fósforo encendido a la pila. El fuego crece con facilidad, y durante varios minutos los cuatro se quedan viendo cómo las llamas van consumiendo la propaganda partidaria opositora. Entre la ordalía humilde, el Cachi alcanza a distinguir, en una fracción de segundo, el apellido de su jefe, y teme estar destruyendo por error propaganda propia. No, se tranquiliza un segundo después, cuando lo recuerda: es del hermano de su cacique, otro enemigo más.
De la fascinación los saca un auto que viene avanzando lento por la calle de tierra. Los cuatro se miran entre ellos, mientras los faros se acercan. Cachi solamente dice “ustedes chito, me dejan hablar a mí”. Ahora pueden ver que el vehículo trae un solo ocupante. Estaciona detrás del auto que ellos dejaron ahí, en medio de la calle, con las puertas y el baúl abiertos. Se baja un hombre cuya cara es casi una copia de la de su jefe; tanto se parece que los otros tres, que vieron al concejal una sola vez, avanzan un paso para saludarlo. Cachi entiende y con un brazo extendido los frena, a la vez que saluda al recién llegado con un “cómo anda don” que intenta sonar cordial. El otro, apenas visible entre el resplandor de la pira y la luz de los faros, les dice, mirando a Cachi: “quién los mandó a que sacaran mis carteles, pendejos de mierda”. “Disculpe, pero su hermano nos ordenó que quitáramos cuanto cartel encontráramos del enemigo...”. El otro cabecea y se vuelve hacia su auto mientras va sacando su teléfono celular del bolsillo de su campera. Los chicos ven que empieza hablar, entre aspavientos. Retrocede con su auto marcha atrás hasta la primera bocacalle, luego lo endereza con maniobras bruscas y avanza hacia la ruta.
Los cuatro se quedan mirando hasta que los dos puntos rojos de las luces traseras se diluyen en la oscuridad, después vuelven la atención a las telas de arpillera que se desintegran. La pintura sintética, al quemarse, desprende un olor ácido que mezclado con las fragancias del pasto humedecido no resulta desagradable. Lo miran al Cachi con ansiedad. La mano derecha del político sigue mirando fijo el fuego y dice muy por lo bajo, como para él, “qué cagada”. Ni bien termina de decir eso suena su celular con un ringtone de cumbia. El Cachi atiende y se aleja unos pasos por la calle, perdiéndose en la noche. Los otros tres aguardan en silencio. Vuelve al minuto y dice “nos va a mandar a laburar con el hermano al taller. A pintar carteles. Dice que por boludos, por no escucharlo, ahora vamos a tener que laburarle gratis al tipo ese” y con la cabeza apunta en la dirección del auto que se acaba de ir. “¿Gratis?”, interroga uno de los pibes. Nadie le responde. “Yo no me acuerdo que nos haya dicho nada del hermano”, dice otro. Después de unos momentos de silencio en que las cuatro miradas vuelven a perderse en la fogata que ya casi se extingue, el Cachi dice “vamos yendo”.

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 Asunto: Agua
NotaPublicado: 28 Abr 2015, 15:06 
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Agua
Ser esbirro de un político (que también es un mafioso) de la ciudad puede abrir cualquier puerta. O eso es lo que suponía el Cachi. Porque esta tarde de verano de un calor asfixiante, a él se le ocurrió pegarse una zambullida en la piscina del polideportivo municipal. Todo era tan sencillo como presentarse, decir a quién respondía lo dejarían pasar. Sin revisación médica ni ducha previa. Tan seguro estaba de la simplicidad del trámite, que cuando salió de su casa paterna, donde aún vive, pasó por la casa de tres amigos, vecinos de la misma cuadra, para invitarlos “a mi pileta”, repitió tres veces, con la misma sonrisita cómplice. Los otros (uno dormía la siesta, el otro jugaba a las cartas solo bajo la parra del patio, el tercero todavía hacía la sobremesa, bebiendo con sus hermanos, empecinados como estaban por acabar la botella de un torrontés) accedieron encantados. Los cuatro caminaron las quince cuadras que los separaban del predio del polideportivo.
Apostado junto al portón de rejas, sentado en una sillita bajo una lona, estaba el viejo Soto, el empleado municipal más longevo y menos simpático de la municipalidad. Desde lejos, mientras cruzaban el estacionamiento y la pista de atletismo, los jóvenes descubrieron la cara reseca de Soto y se maliciaron complicaciones. Cuando llegaron al portón de entrada se adelantó el Cachi, muy sonriente, y encaró al viejo presentándose como “el hombre de confianza” del concejal García. “Y qué querés”, lo interrogó el viejo. “Venimos a pegarnos una remojada con los muchachos acá”, y con una mano estirada hacia atrás hizo un gesto de presentación de los otros tres que esperaban sentados en el césped, bajo el sol. El viejo los miró y se demoró moviendo la cabeza horizontalmente. Después dijo con calma “acá sin carné no entra ni el intendente. Y además, ¿no te fijaste? La pileta está ocupada por los pibes de la colonia de verano”, al par que apuntaba con la cara hacia el griterío de muchos chicos que, a unos diez metros del portón, chapoteaban en la piscina al aire libre.
Hubo un momento de silencio incómodo. El portero se desentendió del muchacho, como dando la conversación por terminada. El Cachi seguía ahí de pie, bajo el sol de las tres de la tarde de enero. El viejo miraba hacia la piscina, el otro se le acercó encorvándose un poco y le dijo con voz suave “jefe, me está haciendo quedar como un boludo adelante de mis muchachos”. “Rajá turrito, rajá”, le dijo el viejo, sin mirarlo, y se removió molesto en su silla blanca de plástico.
El Cachi giró su cabeza hacia sus amigos y esperó hasta que los tres le prestaron atención. Sonriendo les guiñó un ojo mientras que con la cabeza señalaba en dirección al agua. Sus vecinos no entendían. Acto seguido, sin mediar palabra, se largó a correr a toda velocidad: cruzó el portón de alambre tejido y al llegar a al extremo más cercano de la pileta se zambulló de cabeza, sin siquiera molestarse por sacarse las zapatillas. Era un sector de la piscina llamativamente vacía: la parte profunda que los dos guardavidas separaban de los chicos con una soga que atravesaba la pileta todo a lo ancho. El viejo desde la entrada, de pie, le gritaba a los guardavidas “llamá a la policía”. Mientras tanto, el intruso tardaba en emerger en la superficie. Los chicos se habían interrumpido en sus juegos y miraban hacia la parte prohibida. Los dos guardavidas se acercaron al borde de “los cuatro metros”, como la llamaban. Vieron como alguien, cerca del fondo, luchaba por descalzarse para poder emerger. Uno de los encargados se zambulló. Abrazándolo del pecho lo llevó hasta la superficie y lo arrastró hasta dejarlo boca abajo sobre el pastito del borde. El Cachi tosió un rato, escupía agua y miraba desde abajo a adultos y chicos que lo rodeaban. Entre ellos identificó a sus amigos, a los que Soto había dejado pasar sólo para que se llevaran al puntero de García. En cuanto los reconoció, estiró los brazos cual bebé que pide que lo alcen.
Lo levantaron a duras penas y lo sacaron casi a la rastra del polideportivo. Lo cargaban uno de cada lado, pasándose un brazo por encima de sus hombros para retenerlo con firmeza. El restante (el que hacía media dormía una siesta bajo los efectos del aire acondicionado) observaba el cuadro patético y puteaba por lo bajo a su vecino. Cuando cruzaron el portón, el Cachi tuvo un resto de energía para mirar al viejo de reojo y sonreírle, como diciendo “pese a todo, me saqué el gusto de pegarme una remojada”.

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 Asunto: Tierra
NotaPublicado: 30 Abr 2015, 14:45 
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Tierra
Pese al frío, hay un negocio en manos. El Cachi y otros tres empleados municipales se aparecen de madrugada en la puerta del cementerio. Del otro lado del portón de rejas lo espera otro colega, el sereno. Ni bien escucha las voces de los cuatro muchachos, el tipo quita el candado de las rejas y los hace pasar. No se apuran a entrar: el cementerio está casi en medio del campo y por la calle, cuyo asfalto se interrumpe en la misma esquina del cementerio, no pasa un alma.
El sereno les da la mano con recelo. Es el Cachi el que comanda la exploración, por eso es el que habla con el hombre para tranquilizarlo. “De lo que nos llevemos de acá, el quince por ciento de lo que recaudemos es para usté. Quédese tranqui, jefe, que nadie se va a enterar. Mire el abandono que hay acá, Torres ―y con un brazo extendido abarca el camposanto en penumbra― ¿quién va a venir a reclamar?”. El sereno se encoge de hombros, como diciendo “no me convencen pero hagan lo que quieran”. Luego se encierra en un galponcito.
Los cuatro miran la necrópolis que se dilata silenciosa, ocupando toda una manzana de la llanura. El Cachi les dice “ya saben: mármol y bronce. Todo lo que pueda arrancarse y llevarse. Hagan todo el ruido que quieran”. Después cada uno saca de su mochila una linterna y se dispersan por distintos pasillos. El Cachi avanza entre las bóvedas, apuntando con la luz blanca alternativamente a cada lado del estrecho sendero de baldosas. Enseguida le llama la atención una placa grande, amurada a un nicho que da al suelo. Lo primero que lee es la fecha, 1780. Calcula que será un bronce de primera calidad, y mientras saca de su mochila un pico y un martillo, el Cachi nota que el mensaje de la placa está en inglés. Junta sus conocimientos de la escuela secundaria y se distrae leyendo el largo recordatorio de una inmigrante inglesa, que llegó a la ciudad a los pocos años de su fundación, junto con su marido. Oriundos de Manchester, jóvenes y aventureros, se arriesgaban hasta la pampa indócil del nuevo mundo. Y ella, Helen, había muerto a los veintidós años de edad, fulminada por un rayo. Durante unos minutos el Cachi, ahí agachado, la linterna casi pegada a la placa, se olvida de lo que lo rodea, se olvida hasta de él mismo, fundido en el ejercicio de traducir esas palabras talladas en el bronce, de a una, y uniéndolas después en frases dubitativas que buscan un sentido. Tanto se ha metido en esa historia infausta que ni escucha que desde varios rincones del camposanto se empiezan a escuchar martillazos. Cuando empuña el pico y el martillo, el joven siente que llevarse esa placa sería, además de una profanación, un daño irreparable a la historia del lugar. ¿Desde cuándo a un puntero político, a un aprendiz de mafioso, le importa la “diversidad cultural” de un cementerio en ruinas? Es difícil de entender, pero el Cachi vuelve a guardar las herramientas, se para y sigue avanzando por entre los nichos.
Ya ha llegado al muro perimetral y no ha encontrado nada de valor. Sus cómplices están trabajando con fruición, al parecer por el concierto de martillazos que el viento de la madrugada le trae hasta este sector. El Cachi piensa que esa historia tan triste le sacó las ganas de todo. Para desmentirse, se arranca de ese pensamiento poniéndose en acción y se interna por un sector de tumbas de tierra. Se siente aturdido, no ha podido dormir ni cinco minutos, pero eso le pasa siempre que lo gana la ansiedad ante una nueva aventura. Llega a una encrucijada, entre los caminitos de grava que han diseñado entre las tumbas. Recuerda que su abuela, cuando lo traía de chico para visitar la tumba de su bisabuela, siempre le decía que se cuidara de no pisar sobre las tumbas, pues traía mala suerte pararse sobre un “finado”. La sensación que había tenido desde niño, al imaginarse a un muerto, allá abajo, siempre lo había perturbado. Y un eco habrá resonado en su psique, pues al recordar la anécdota el Cachi da unos pasos dubitativos hacia atrás, trastabilla y cae dentro del hueco de una tumba abierta y vacía. Cae de rodillas, y el pozo rectangular, de unos dos metros de profundidad, lo tapa. Ahí, agarrándose con torpeza de la tierra negra y olorosa, el saqueador se siente como un estúpido. Él comanda este “operativo” y aún no ha robado nada; para colmo, ahora ha caído dentro de una tumba. Intenta escalar la pared de tierra con su manos, pero el fértil humus pampeano se desmorona con facilidad. Después prueba clavar el pico que cayó con él, dentro de la mochila que traía a la espalda. No hay caso, la tierra está muy fresca y se desgrana bajo su propio peso. Cuando se cansa, prueba con silbar para llamar a sus socios, mientras que apunta hacia arriba con la linterna, haciendo luces. Como nadie viene, el Cachi se recuesta en la tierra y se queda mirando el pedazo de cielo estrellado que entra por el hueco de tierra. Allí arriba está la constelación de Escorpio. Aunque él no puede darle una forma ni un nombre, pues desconoce la figura, sí nota la cola majestuosa del escorpión. También se maravilla levemente con una estrella roja que marca el corazón del animal celeste, Antares, aunque él tampoco pueda nombrarla. Mirando la estrella el Cachi se queda dormido, y tal vez haya soñado con Helen, la inglesa que murió tan lejos de su patria, a su misma edad.
Lo despiertan las piedritas blancas de la grava que sus socios le tiran en la cara, desde la superficie. Están con Torres, que con cara de pocos amigos lo apunta con su linterna. Ya hay una claridad en el cielo que avanza desde el este. “¿Qué hacés durmiendo ahí, boludo? Hace como una hora que te estamos buscando”. El Cachi, quitándose las lagañas de los lagrimales, les responde con lo obvio: “me quedé dormido”. Uno de los chicos se estira con medio cuerpo dentro de la tumba, sostenido de cada una de sus piernas por los otros dos. El viejo Torres mira. El Cachi se agarra de los brazos de su socio y los otros jalan hasta sacarlo del hoyo. Después, sin perder tiempo, se despiden del sereno y buscan la salida del cementerio. Sus amigos cargan sendas bolsas de tela arpillera repletas de objetos que con el bamboleo de la caminata apresurada suenan a metales. Uno de ellos, saca de la suya un candelabro y lo muestra, mientras dice “me metí en una bóveda y miren lo que encontré. Es de plata”. El Cachi lo mira de reojo y le dice con voz zumbona “será plateado nomás”. Él es el único que se mueve ligero, pues no carga con ningún botín, y cada tanto le saca unos pasos de distancia a los otros. Salen a la calle y en la esquina rosada, contra el muro del cementerio, se despiden hasta más tarde. En unas horas se volverán a ver en el trabajo.

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