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NotaPublicado: 30 Jun 2011, 03:43 
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Registrado: 05 Nov 2010, 21:33
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No tenía pensado colgarlo, pero bueno, a ver qué os parece. Es una pequeña "novela", si es que puede llamarse así, ambientada en un cuadro en particular. Fue, en su día, un trabajo para Historia del Arte.

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En cuestión, hay dos cuadros implicados en la obra, ambos del Greco (Doménikos Teothokopóulos). Echadles un vistazo antes de empezar a leer:

Spoiler: show
El entierro del Conde de Orgaz:
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El caballero de la mano en el pecho:
No se sabe realmente quién es el personaje. Hay quien dice que se trata de Cervantes; hay quien dice que es Juan de Silva.
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La Iglesia de Santo Tomé se hallaba en un silencio tan inmenso que hasta el batir de alas de una mosca podía romperlo por completo. En la capilla se encontraban veintinueve personas: veintiocho vivas y una muerta. El difunto se llamaba Don Gonzalo Ruiz, conde de Orgaz. Al parecer, San Agustín de Hipona, renombrado teólogo y uno de los padres del catolicismo, junto con San Esteban, diácono y mártir, bajaron del cielo para colocar al señor de Orgaz en la sepultura. Los santos, holgadamente vestidos, agarraban cuidadosamente el cadáver de lo que fue en vida un exuberante benefactor de la parroquia de Santo Tomé, mientras una voz afirmaba que “tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve”.

Ante esta imagen y rodeando a los santos se encontraban las muchas personas que, sin inmutarse, observaban el fatídico acontecimiento que acaecía en esa parroquia toledana. Entre los presentes se encontraban el mayordomo de la villa, Juán López de la Quadra; un profesor de la universidad de Toledo, Alonso de Covarrubias; Doménikos Teothokópoulos y su hijo; dos párrocos, tres frailes, y demás concurrencia personal del difunto. Al depositar el cadáver en la sepultura, un misterioso cuerpo diáfano pareció descender del cielo para llevarse un extraño vapor que emanaba el conde de la boca, y de nuevo elevarse fugazmente. Ninguno se atrevió a preguntar lo sucedido, pues todos temieron que los tacharan de dementes. Después de los actos litúrgicos concernientes, los asistentes partieron a hacer sus propios menesteres. Los santos volvieron a su morada celestial; el mayordomo a hacer sus labores administrativas; el profesor a su universidad. Apenas quedaba gente en el acto: dos párrocos que mantenían un coloquio en voz baja, Doménikos Teothokópoulos, el hijo de éste, y un señor que, al parecer, nadie había visto hasta ahora dentro del funeral. Con ademanes notoriamente intranquilos, el varón se acercó hacia Doménikos y, a apenas un metro de distancia, preguntóle:
-¿Doménikos?, ¿Doménikos Teothokópoulos?
Doménikos, dándose la vuelta, respondió:
-Sí, el mismo. ¿Quién lo pregunta?
-Te diría mi nombre si lo conociera -replicó vehemente el anónimo personaje.
Doménikos se quedó paralizado, totalmente entumecido, al comprender que el personaje que le hablaba era, ni más ni menos, que El caballero de la mano en el pecho.
-¡Pardiez!, ¿qué hace aquí? Este lugar no le procede.
-He venido a exigirle mi verdadera identidad.
-¡De ninguna manera! –exclamó el pintor-. ¿Cómo tiene la desfachatez de venir a mí, su creador, y exigirme tal cosa? Váyase.

El hidalgo varón se dispuso a desenvainar su espada, pero el brazo lisiado se lo impedía. Doménikos le pidió que desistiera en su menester de enjuiciarlo. Explicó, más tranquilizado:
-Mire, caballero. Alguien me pagó un día para retratarlo, y mis buenas razones tengo para haber dejado su nombre inconcluso –aclaró el pintor.
-No veo lógica ninguna a esta injusticia. Escuché un día que quizá sea un tal Juan de Silva; otro que soy Miguel de Cervantes Saavedra. ¿Quién demonios soy, pues? Necesito saberlo, mi buen creador. Alguien que no tiene nombre es anónimo, y el anónimo perece sin ser recordado.
-¡Precisamente! –clamó Doménikos-. Es por el anonimato por lo que usted no perecerá. Los críticos le analizarán, los amantes del arte le guardarán. Es por el anonimato por lo que usted seguirá vivo. Si usted tuviera nombre, sólo sería una gloria pasada; un atisbo de lucidez pictórica que se esfumaría en el pasar de los años.
-Es usted un mentecato. Explica que so pretexto de salvaguardarme nunca moriré, pero lo que pretende es justamente lo contrario. Quiere que le recuerden a usted, que no muera como lo hacen todas las obras. Es usted la codicia personificada; pretende engañarme, mas no podrá conseguirlo tan fácilmente –analizó el noble.

La cara de Doménikos palideció. El tullido caballero pareció haberle leído el pensamiento. Al pintar a este personaje, no sólo le dio una imagen, sino tanta lucidez como su creador poseía. El silencio que este argumento producía podía competir con el mutismo que había en el entierro. El rostro del pintor seguía sin ser el habitual. Después de inspirar aire, explicó, con un nerviosismo inusual:
-¿Y qué quiere que haga? La pintura se subyuga al pintor. Yo soy la mano creadora, y no puede exigirme nada.
-Y le agradezco que me haya dado vida, aunque no se la haya pedido –aclaró el noble-. Empero ahora le agradecería aún más saber mi verdadera identidad. Usted está celoso, puesto que la pintura es la que transmite sensaciones y emociones, no usted mismo.
El pintor griego se sacó un pequeño reloj dorado de uno de sus bolsillos del traje. El ilustre caballero de la espada se notó peculiar, extraño. Ese reloj le resultaba más cercano de lo que a simple vista parecía. Esa forma ovalada con color dorado lo había visto en otra ocasión. Doménikos, al darse cuenta de que el personaje observaba el pequeño artefacto detenidamente, lo guardó ipso facto, sin siquiera haber mirado la hora.
-Es por eso mismo por lo que no le he dotado de denominación –prosiguió el pintor-. No quiero que se vincule su nombre con el mío. Pretendo darle una fama totalmente aislada de la bien merecida mía. Con la carencia de identidad que caracteriza a su cuadro, la capacidad de interpretación que lego es tal que nunca olvidarán su rostro. Sin embargo, el mío, con el paso del tiempo, se hará cada vez más rudo y áspero, hasta no ser más que ceniza dentro de un ataúd. Con su rostro sin nombre, he podido alargar su existencia mucho más, puesto que los grandes analistas pictóricos, así como cuantiosos historiadores, intentarán encontrar la causa de su desdicha, la de no tener nombre.
-¡Mi desdicha es su fama, rediez!, lo único que hace sin ponerme un nombre es acrecentar su egoísmo por haber creado a una pintura sin identidad, donde las únicas señas sean este dislocado hombro, esta espada, este medallón y esta mano en esta posición tan ridícula.

Ahora se daba cuenta el caballero de que había un niño detrás de su oponente. Su cólera y ansia por comprender de dónde procedía y cómo se llamaba habían limitado su campo de visión a un único punto: la faz de Doménikos. Pero ahora su curiosidad se había clavado en el pequeño, que se mantenía asustadizo detrás del padre. Éste, sorprendentemente, al igual que el reloj, colmó su mente de extrañezas y misterio; se preguntaba cómo era posible que ese joven le pareciera tan semejante, tan próximo y a la vez tan distante. El padre, raudo, le escondió detrás de sus densos ropajes, sin que se pudiera ver nada más que los delgados brazos del muchacho.
-Por favor –le pidió Doménikos-. Márchate por donde viniste. Te he explicado el por qué de lo que me has preguntado. Te he conferido la posibilidad de aguantar en los labios de las posteriores generaciones. Te he regalado un puesto en el recuerdo.

El caballero, confuso, siguió inquiriendo:
-Sepa usted que no me doy por vencido. Sólo tengo seguro que no lo hace por altruismo. Es usted un egoísta, y no le importa lo que me ocurra, ni los problemas que puedan acontecerme por no asignarme un nombre que se mantenga en la posteridad. Le suplico que me diga mi nombre; que me resuelva esta duda que me corroe; que me libre del anonimato, del que millones de personas no pueden escapar. Le imploro que me diga mi nombre, y si realmente no tengo, que me conceda uno. Usted se mantendrá férreamente en la historia, pues es un gran pintor. Sus obras se guardarán y se lucirán en grandes espacios para admirar la técnica de la que puede jactarse ahora, que sigue vivo; ahora, que es y será conocido; ahora, que no se subyuga a ningún creador, sino que es usted creador mismo.

Los oponentes se exhibían idénticos. La cara pálida; las manos, temblorosas y sudadas no atinaban a quedarse quietas; y los poros de la piel no cesaban de sudar. Finalmente, el pintor, clavando su pupila con la pupila del caballero, le dijo:
-¿Quieres saber quién eres? Te llamas Doménikos, Doménikos Teothokópoulos.


Última edición por diazepaN el 30 Jun 2011, 15:09, editado 1 vez en total

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NotaPublicado: 30 Jun 2011, 06:11 
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Registrado: 23 May 2011, 03:46
Mensajes: 1132
Que maravilloso escrito, tu prosa me ha cautivado. Me agrado bastante como interpretas la pesadumbre de lo que es vivir en el anonimato; ser simplemente "nada", es bastante fastidioso.

Te llevas todo mi respeto. Gracias por la lectura. :D

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"Ved su vida y no os sorprenderéis de vuestro final." - D.A.F.Sade.

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NotaPublicado: 02 Jul 2011, 14:17 
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Registrado: 05 Nov 2010, 21:33
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Vaya, muchas gracias :) .


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