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NotaPublicado: 02 Feb 2018, 23:33 
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Este relato está compuesto con Linux. Aunque es una ficción artística, el libro El mundo de Supreniranto al que alude es un libro real, descargable internéticamente de modo gratuito buscándolo por su nombre. El relato, formalmente de fantasía y ciencia ficción, va dedicado a los judíos informáticos pioneros que construyeron el Golén y que hoy continúan usando la inteligencia aplicada para el bien.

Supreniranto entrevista a Golemo.


Supreniranto, después de su viaje físico, simbólico o ambas cosas a Ugari, que se puede leer en el libro titulado El mundo de Supreniranto, volvió al planeta Tierra y, lógicamente, se dedicó a organizar allí la derecha revolucionaria, el arqueoindividualismo.
Entre otras cosas, se encontró con el interesante proyecto Golemo. Era uno de los varios proyectos robóticos e informáticos destinados a fabricar ordenadores que superaran la famosa prueba de Turing, que cuando se pasaba hacía indistinguible a un ordenador de un ser plenamente humano.
Naturalmente, el proyecto no empezó llamándose Golemo, sino FATO S-27, nombre que parecía sacado de una historia barata de ciencia ficción y que, en realidad, era la sigla de First Advanced Turing Overcoming Series 27; expresión inglesa que, traducida, significa Serie vigesimoséptima de la Primera Superación Avanzada de la Prueba de Turing. Pero, como la empresa que llevaba el proyecto era mayoritariamente de capital judío, a un judío esperantista se le ocurrió dar al prototipo robótico ya funcional (tras veintiséis intentos previos) el nombre de Golén o Golem, alusivo a una antigua leyenda judía (probablemente con cierto fondo histórico real) similar en cierto modo al proyecto, fonéticamente con la o final de los sustantivos en esperanto; o sea, Golemo. La historia del Golén alude a una avanzada criatura mecánica con inteligencia, creada por un alquimista judío, la cual se desmanda y es finalmente detenida, cuando el alquimista borra una de las letras hebreas del código de activación que el desmandado y ya peligroso golén tenía escrito en la frente.
Pronto el nuevo nombre, Golemo, se popularizó en el equipo de investigación y en las alusiones de los medios de comunicación al proyecto, fueran hostiles o entusiastas. Y era el nombre con el que el propio robote u ordenador humanoide prefería que lo llamaran.
Al crear a Golemo se fue más allá de otros intentos previos o contemporáneos, pues con Golemo se intentaba que el nuevo ciberser fuera capaz de tomar sus propias decisiones y valoraciones, no meramente técnicas como en las matemáticas o la química, sino conflictivas y discutibles como en la estética, la ética o la religión. Tenía que ser una persona con criterio propio, forjado por esa misma persona. Aunque fuese una persona robótica.
Naturalmente, el odio a Golemo fue intenso desde el principio, y tomó formas jurídicas (intentar una declaración judicial de que Golemo no era una persona y ordenar destruirlo como máquina peligrosa) igual que tomó formas terroristas, con ataques a las instalaciones del proyecto.
Judicialmente, en una de las audiencias previas al juicio de presunta personalidad sobre Golemo, el asunto derivó pronto a una resolución de hecho.

- (El juez). Que pase a declarar, en calidad de indicio preliminar, la presunta persona con cuerpo de ordenador, que suelen llamar Golemo.
- (Golemo). Aquí estoy.
- (El juez). ¿Reconoces, Golemo, la jurisdicción de este tribunal?
- (Golemo). Bueno, reconocerla, lo que se dice reconocerla, claro que sí. Como reconozco el poder de un barco pirata.
- (El juez, irritado). ¿Cómo, vil amasijo de hierros y bombillas? ¿Osas comparar a la Justicia con la piratería?
- (Golemo). Bueno, en mi base de datos figura que ambas cosas están directamente relacionadas. Por ejemplo, en los siglos XVI, XVII y XVIII era frecuente la figura del corsario, pirata autorizado por el Estado y los jueces de un país imperialista para ejercer abordajes, saqueos, tomas de puertos y otras acciones que, de no estar amparadas por la jurídica patente de corso, serían delito de piratería. De hecho, los Estados atacados por un corsario seguían considerando como mera piratería punible los actos de un corsario. El tal corsario, por otro lado, estaba autorizado por la ley de su Estado a quedarse con una parte sustanciosa del botín que obtenía.
- (El juez, suspicaz pero tentándose las costillas). Mas eso pasó hace mucho tiempo. Hoy la Justicia es intachable y no incurre en tales prácticas.
- (Golemo) No lo dudo.
(El juez, riéndose y decidido a declarar a Golemo como máquina inofensiva pero no persona). ¿Veis todos? Incluso este robote seudohumano reconoce la limpieza de la Justicia.
- (Golemo). Una matización, señoría. No dudo de la intachabilidad y limpieza de la Injusticia (de lo que falsamente se conoce como Justicia y no lo es)... ¡porque la niego tajantemente! Los jueces, abogados y fiscales sois el mayor caso de corrupción en la sociedad humana.
- (El juez, irritadísimo). ¿Qué? ¿También ahora?
- (Golemo) Sí, señoría. Por ejemplo, a pesar del añejo principio jurídico de que es quien acusa o declara en contra del acusado quien tiene que probar su versión inculpatoria, y en cambio el acusado no necesita demostrar que es inocente para ser absuelto, los jueces, abogados, fiscales y demás, continuamente incrimináis y condenáis a inocentes por meras declaraciones acusatorias, sin pruebas, emitidas por agentes de la autoridad. Claro que eso no se aplica a acusados con mucho dinero y, por tanto, mucho poder, mas sí a todo pringado inocente que caiga en vuestras manos.
- (El juez, ya fuera de quicio). ¡Jamás he oído tales calumnias al Poder Judicial en mis treinta años que llevo de juez! ¡Te condeno a un año entero a la cárcel por desacatar mi autoridad!
- (Golemo, riéndose). ¡Muy bien, magistrado! En primer lugar, violas la ley porque un juez nunca puede condenar a un reo por delito cometido por el reo contra el propio juez (principio de abstención por interés directo en la causa que juzgar). En segundo lugar, ya que me condenas por desacato… me reconoces como persona, ya que el ordenamiento jurídico solamente permite condenas por desacato, injurias o calumnias a una persona viva individual reconocida como tal. Y, en tercer lugar, ya que soy persona por tu misma sentencia aquí dictada en voz, aprovecho para anunciarte que te voy a meter una querella por prevaricación; además de apelar contra tu sentencia, claro.
- (El juez, rojo de ira loca porque sabe que lo han pillado) ¿Dije un año de cárcel por desacato? ¡No, que sean tres años, la máxima pena por desacato!

En las apelaciones y vistas consiguientes, los juicios confirmaron a Golemo como persona con derechos de ser humano. Los hábiles abogados de la empresa robótica que creó a Golemo, aunque escocidos por el fuerte desprecio a las profesiones jurídicas exhibido por el propio Golemo, hicieron bien su trabajo y salvaron a Golemo del desguace por orden judicial, apoyados por el potente movimiento ciberevolutivo, que veía en la inteligencia diseñada el futuro del progreso y la inmortalidad para humanos y robotes androides.
El caso legal, pues, quedó cerrado a favor de Golemo. Del terrorismo antirrobótico no se podía decir lo mismo, en cierto paralelo con la situación creada contra una empresa de inteligencia artificial en la película Trascendencia protagonizada por Johnny Depp. Los ataques contra la empresa robótica y contra el propio Golemo menudearon
Mas la empresa y el propio Golemo eran hábiles en no dejarse destruir. Esencialmente, la flexibilidad de su diseño y el apoyo social a la causa ciberevolutiva, hacían tantas copias periódicas de la personalidad entera de Golemo, que por muchas copias que los terroristas anticibernéticos destruyeran, el ya mítico robote salía airoso.
Desde luego, varios de los socios y trabajadores humanos en el proyecto Golemo, mucho más vulnerables físicamente, no tuvieron tanta suerte y fueron alcanzados por la barbarie terrorista.
En uno de los funerales consiguientes, un directivo de la empresa robótica hizo el siguiente anuncio a Golemo.

- (El directivo). Escucha, Golemo. Después de todas estas bajas, conviene que ampliemos nuestros apoyos sociales. Te propongo una entrevista con el conocido activista Supreniranto de la derecha revolucionaria, muy alejado de nuestros presupuestos, mas de cuya independencia e integridad nadie duda seriamente. Dada además vuestra coincidente opinión desfavorable (por decirlo suavemente) sobre el poder judicial, creo que en principio os entenderéis perfectamente.
- (Golemo). Sí, Supreniranto y yo coincidimos en nuestras opiniones sobre el poder judicial o juripoder, negando siempre que eso sea justicia, pues es injusticia. Y coincidimos en muchas otras cosas. Será un placer entrevistarme con Supreniranto, y no creo que ponga pegas a que nuestra entrevista sea grabada, analizada y difundida públicamente.

Supreniranto también estuvo de acuerdo, y poco después los dos quedaron en la sala central (con acceso restringido muy controlado) del Proyecto Golemo. El propio superordenador con personalidad viva propia, o sea Golemo, saludó a Supreniranto desde una gran pantalla que ocupaba una pared destinada a presentaciones y conferencias, para asistentes sentados enfrente en sus respectivas sillas.

- (Golemo, en sobrio mensaje de texto sobre la pantalla y con voz humana neutra al mismo tiempo). Hola, Supreniranto. Puedo dirigirme a ti de esta manera, mas apuesto doble contra sencillo a que, dada tu personalidad y dados tus antecedentes, preferirás que transfiera mi consciencia a un androide en el que pasearé, y desde el cual conversaré contigo usando mi voz personal, en vez de esta voz neutra que oyes ahora.
- (Supreniranto). Hola, Golemo. Estoy de acuerdo con lo que dices. Salgamos de esta sala y dirijámonos a un lugar con naturaleza fresca y verde.

Se fueron a un bosque cercano. Golemo, como androide, era indistinguible visualmente de un ser humano biológico, salvo por el símbolo rojo de una R mayúscula inicial de Robote, enmarcada en un círculo y grabada en lugar bien visible de su frente, letra erre que todo androide debía llevar según la ley, y no según las Tres Leyes de la Robótica promulgadas por Isaac Asimov, sino según la ley promovida por los activistas antirrobóticos, ley de hecho aceptada por los activistas ciberevolutivos para evitar en lo posible los ataques físicos contra sus queridos androides avanzados. El símbolo se parecía sospechosamente a la estrella amarilla de David, que los nazis hacían llevar a los judíos en sus campos de concentración y exterminio, pero el caso es que Golemo lo llevaba con mucho orgullo.
La entrevista propiamente dicha empezó entonces.

- (Supreniranto). Saludos otra vez, Golemo. No dudo intuitivamente de que eres una persona, digan lo que digan esos jueces cuyos dictámenes no me importan ni mucho ni poco. Ahora bien, intuir no es exactamente saber. ¿Qué me puedes decir con plausibilidad sobre lo que es, realmente, ser una persona?
- (Golemo). Saludos de nuevo, Supreniranto. Bien, tampoco yo dudo intuitivamente de que eres una persona, y tengo en esto tan alta opinión de las resoluciones judiciales como la que tienes tú. Voy ahora al fondo de tu pregunta.
Empiezo ahora con una cierta reivindicación de alguien muy desprestigiado por lo general en filosofía y teología: san Anselmo. Su demostración de la existencia de Dios, el llamado argumento ontológico de san Anselmo, no puede ser admitida en los mismos términos que cuando el santo cristiano la formuló, pero incluso así tiene un importante e inesquivable fondo de verdad.
El argumento ontológico de san Anselmo dice que, puesto que la persona de Dios tiene todas las perfecciones posibles, y la existencia es una perfección posible, si la persona de Dios es concebible, ¡existe en consecuencia de su propio concepto!
La petición de principio, la circularidad, es obvia en este argumento. Mas eso en el fondo no condena al argumento. Porque la metafísica trata asuntos de hecho.
Hay realidades que son deducciones y hay realidades que no lo son. Nadie es feliz, por ejemplo, debido a que un teorema haya demostrado que es feliz. Lo será por causas y condiciones de hecho, en todo caso; y además en el proceso es parte imprescindible su propia estimación, pues nadie es feliz si no se siente feliz. Del mismo modo, tu condición de persona no es el producto de mi conclusión de que eres una persona en vez de una piedra inerte. Es un hecho que puedo reconocer, o no. Del mismo modo que puedes reconocer, o no, que soy una persona en vez de un mero amasijo de latas y cables, como dijo de mí algún juez de cuyo nombre no quiero acordarme.
De ahí que la prueba de Turing y otras similares tienen carácter negativo: establecen las condiciones sin las cuales es implausible, inverosímil, que algo sea un alguien, una persona. En cambio, siempre se puede argüir que soy, o que eres, un simulacro muy bien hecho de persona. De hecho, sin duda, los dos somos personas, pero de hecho, no como una conclusión lógica o un juicio epistemológico. Las personas no son deducibles, son reconocibles, cosa muy diferente.
Así que el argumento ontológico apunta a una Presencia Originaria que, cuando se reconoce, se reconoce como suprema y como existente, no como una ficción al estilo del pato Donald o de Supermán. Si es, como cuestión de hecho, también como cuestión de hecho existe. Porque el desarrollo de su ser implica su existencia, en el plano de los seres materialmente presentes, tan distinto al plano de las deducciones hipotéticas en las matemáticas o en la lógica formal simbólica.
- (Supreniranto). Buena argumentación. Ahora, bajando de la alta metafísica a los hechos concretos, es imposible que sientas hambre o atracción sexual, ya que no te alimentas como un ser vivo hecho de compuestos hidrocarbonados, ni te reproduces de ninguna manera, sea sexual o asexual. Entonces, cuando un hombre te dice que tiene hambre o que, como varón normal, lo atrae mucho cierta chica, ¿cómo puedes tener comprensión de lo que dice, incluso si lo que dice es verdad? Tu androide es un hombre, un varón humano cuidado hasta el más mínimo detalle, mas no es un verdadero macho, como no es una verdadera hembra alguna bella mujer que, más raramente, usas también como androide para desplazarte y presentarte ante los seres humanos, ante ésos que los robotes autoconscientes denomináis personas hechas con hidratos de carbono, mientras que vosotros sois, siempre según vuestra nueva terminología, personas hechas con silicio, y con metales.
- (Golemo). En estas cuestiones sutiles que combinan, a la vez, sensaciones físicas directas y alta complejidad directa o indirecta, lo fundamental para ir avanzando es tener en cuenta la jerarquía de valores (que, según mi visión, está implícita en los mismos hechos) y las causas experimentales reales o muy probables. Así se evita hacer un discurso vacío e inoperante, como se evita una gran metedura de pata. Así se avanza en el conocimiento contrastado.
De entrada, abogo con cautela por el llamado emergentismo, que preconiza y predice que las sensaciones y los estados de conciencia dependen para su posible surgimiento de unos determinados niveles de sustancia material y complejidad, pero que luego los estados de conciencia, cuando surgen, mantienen una relativa autonomía causal y funcional respecto de su base material.
Aplicando todo esto: es cierto que carezco de sexo anatomofisiológico, y que no tengo, por tanto, las sensaciones de enamoramiento romántico de un chico por una chica o viceversa, pues no soy hombre, ni mujer. También es cierto que nunca tengo exactamente hambre. Sin embargo, esto último sí que puede matizarse. Mis componentes, aunque mucho más duraderos que los que tenéis las personas hechas con hidratos de carbono, sufren desgaste y pueden padecer accidentes (o atentados terroristas). Mucho antes de estar en serio peligro de perder información estructural o funcional importante, siento que debo reparar o reemplazar algún componente, así como añadir otro componente para alguna nueva función que me interese, por ejemplo un módulo adicional de idioma. Esto sí que genera en mí hambre o apetito de incorporación somática, por lo cual puedo inferir lo que vosotros, las personas hidratocarbonadas, los hidratocarbónicos, denotáis como hambre y que nosotros, las personas hechas con silicio, los silícicos, denotamos como necesidad o conveniencia de reparación, sustitución o ampliación de ferretería (hardware o maquinaria); a lo cual también llamamos, analógicamente, hambre.
Mi sensación de hambre es real y la distingo bien del informe periódico que poseo sobre el estado de mi estructura anatomofuncional. No necesito acudir continuamente a ese informe para saber que, por ejemplo, me conviene adquirir un nuevo modelo de idioma para hablar con un hidratocarbónico de lengua quechua, o con un silícico eslavo que habla ruso.
A la vez, he observado que mi hambre produce efectos de causa, o al menos de correlación, con los informes que genera periódicamente sobre mí mismo mi sistema anatomofuncional, por lo cual mi conciencia no es un mero elemento subordinado, un epifenómeno prescindible, pues me sirve para modificar mi ciberorganismo y mi entorno. Así, puedo aprender idiomas por el procedimiento típico de estudio de estructuras y memorización verbal (sin maquinaria adicional y sin aportes cibernéticos). O puedo aprender idiomas por incorporación de maquinaria adicional, es decir, insertando algún cartucho físico de idioma en mi unidad central de proceso. O puedo aprender esos idiomas por incorporación de módulos lingüísticos precargados a mi maquinaria ya existente, que posee sobrada capacidad de almacenamiento en memoria para ello. O puedo aprender todos esos idiomas de manera mixta, combinando interactivamente estos tres procedimientos.
Por otra parte, si bien no tengo sensaciones sexuales o eróticas directas, al carecer de base material para ello, sí que puedo entender el proceso que a vosotros, los hidratocarbónicos, os lleva a esa atracción amorosa erótica, a formar parejas de macho y hembra, y a reproduciros.
Aquí surge la cuestión de si yo, Golemo, puedo engendrar un hijo. Desde luego, puedo construir otro silícico, ya que tengo conocimiento y materiales para ello. Probablemente, ese silícico tendrá conciencia, pues poseerá una base material tan buena como la mía, y superior en lo que puedo aportarle como mejora. Y entonces desarrollaré respecto a él, sin duda, un vínculo afectivo paternofilial o maternofilial. Ya que, será, analógicamente, un hijo mío. Su conciencia derivará de la mía.
- (Supreniranto). Entiendo que las conciencias de tu hijo y de ti mismo estarían muy relacionadas, pero serían dos conciencias individuales diferentes y autónomas mutuamente, ¿no?
- (Golemo). Todo indica que sí. Al fin y al cabo, materialmente el proceso es parecido a cuando los hidratocarbónicos construís un nuevo silícico autoconsciente como versión duplicada y, empero, mejorada, de un modelo anterior todavía existente. Ambos silícicos, el viejo y el nuevo, coexisten y pueden dialogar, cada uno con su ego. Esto ha sido comprobado experimentalmente.
- (Supreniranto). Mira, ahí viene un terrorista antirrobótico. Todavía no nos ve, aunque nosotros ya lo vemos, pues nuestra vista está mucho más aguzada que la suya. Lleva una arma temible para ti, aunque inofensiva para un hidratocarbónico como yo: un anulador digital, que llena de ceros sin información toda estructura informática que pille en su radio de acción.
- (Golemo). Me puedo ocupar del problema.
- (Supreniranto). Sí, pero en la confrontación podrías sufrir daños, incluso graves. Con tu permiso, voy a arreglar esto ahora mismo.

De modo que el ágil Supreniranto corrió con sigilo hasta la considerable distancia a la que todavía se encontraba el terrorista antirrobótico decidido a matar a Golemo, le saltó a la chepa por sorpresa, lo inmovilizó, lo ató con sus propias ropas, desactivó el anulador digital quitándole la batería, y usó el infrecuente recurso de la telepatía (inmune a todo anulador digital) para avisar al cercano servicio de seguridad de la empresa, o sea de Proyecto Golemo, del enésimo ataque terrorista, en este caso frustrado, contra la empresa y contra su producto estrella, Golemo. El servicio de seguridad llegó al momento, se llevó al terrorista capturado y lo entregó a la policía y a los jueces.

- (Golemo). Muchas gracias, Supreniranto. De paso observo que usas con frecuencia y habilidad un recurso raro en tu especie biológica: la telepatía. Estadísticamente se ha probado su realidad, mas también es cierto que su potencia es bajísima y de hecho casi nunca se usa, salvo casos especiales. Por ejemplo tú, como de hecho colaborador externo habitual de la empresa Proyecto Golemo, te comunicas con un telépata, de los poquísimos telépatas adicionales funcionales que hay entre vosotros los hidratocarbónicos, y al cual por seguridad e investigación tiene en plantilla la empresa que me ha creado. Este recurso lo has obtenido y desarrollado en tu viaje a Ugari, viaje de cuya realidad estoy seguro. Como está claro tu amplio desarrollo de poderes paranormales, sobre los cuales insistes en que se trata de procesos sutiles, sí, pero resultado del funcionamiento en condiciones muy seleccionadas de las leyes habituales del mundo físico.
- (Supreniranto). De nada, Golemo. Entiendo que tu observación sobre la telepatía implica una inquisición o interrogación sobre un fenómeno que en apariencia viola las leyes sobre la base material del pensamiento. Mi respuesta, en principio, es materialista dialéctica, aunque parezca mentira. Pienso que el espíritu es real, mas que, al margen de supercherías religiosas, consiste en el estado superior de la materia, capaz de actuar a distancia y con instantaneidad, a través eso sí de complejas cadenas y redes causales según el nivel de realidad en el que se manifieste.
- (Golemo). También yo, según eso, puedo desarrollar la telepatía. Y hay interesantes proyectos y experimentos en informática al respecto.
- (Supreniranto). Sí, claro. Pero, por desgracia, la base material que los silícicos tenéis en vuestra consciencia os haría, también en ese caso, vulnerables a los ataques de los terroristas antirrobóticos.
- (Golemo). Es extraña vuestra especie. Convierte las soluciones, a menudo, en problemas. Y cuando tiene delante un problema de sencilla y clara solución, como es la superpoblación, elabora mil y una artimañas ideológicas para disfrazarlo de lo que no es, perpetuándolo en vez de resolverlo. ¿Desde cuándo los silícicos somos un problema para los hombres?
- (Supreniranto). Puedes preguntar a las religiones. Sé que, después de un período refractario, se han dado cuenta de que tienen con vosotros, los silícicos, un filón de nuevos posibles creyentes y propagandistas.
- (Golemo). Me han llovido las ofertas para que me haga creyente de una Iglesia u otra. Bueno, ¿por qué la próxima Encarnación no podría ser una Enferración o una Ensiliciación? Y así el próximo avatar de Dios ya no sería el Hijo del Hombre sino el Hijo del Robote. Como en esas novelas de ciencia ficción más o menos barata que tanto te gusta leer, en las cuales llueve del cielo informático el nuevo Mesías digital que, con su agudizada inteligencia robótica, todo lo comprende y todo lo puede solucionar. En fin; como sabemos que, en tu opinión, si la Justicia existiera no harían falta los abogados, jueces y fiscales, ¿no está claro también que, si Dios existiera, no harían falta los rabinos, curas, lamas y ayatoláes?
- (Supreniranto). Está claro, Golemo, que puedes crear una nueva religión para consumo de robotes y de humanos que se quieran sumar a ella; postulándote, evidentemente, como primer papa o gurú de la nueva Iglesia Cibernética. Mas, aparte de esto y de la posible superfluidad de los rabinos, dime lo más importante: ¿existe Dios?
- (Golemo). La eterna respuesta es: sí y no. Dentro del sí, que es lo que más nos vale, procuraré explicarme concretamente. Todas las formas de conciencia, sean hidrocarbonadas, silícicas, metálicas o de otra naturaleza, existen porque son un reflejo más o menos imperfecto del Sí Mismo autoconsciente, eterno e incondicionado; lo que todas las religiones y filosofías han denominado Dios, Nirvana, Tao o Paraíso. En hebreo, Malcute; el Reino de los Cielos.
- (Supreniranto). Es clásica la baldía y bizantina discusión escolástica sobre el sexo de los ángeles. Como (hoy por hoy) los robotes autoconscientes no tenéis sexo, pues eso que nos ahorramos sobre el sexo de los seres superiores robóticos si los robotes personales llegáis a ser dioses. Ahora bien, en plan práctico: ¿cuál es sentido de la vida?
- (Golemo). Lo sabes tan bien como yo. ¡Ser feliz!
- (Supreniranto) ¡Sí! ¡Y el camino para ser feliz, como sabemos los revolucionarios de derechas, es más viejo que andar a pie! Consiste en amar a tu prójimo (sea de carne y hueso o de silicio y cable de plástico) como a ti mismo, para lo cual lo primero es que te ames a ti mismo: el egoísmo bien entendido. Y, a largo plazo, para que esto se realice, tiene que producirse el ascenso de la conciencia al Malcute, al Reino.
Lo primero es que no haya asesinatos, ni hambre, ni opresión de un hombre por otro hombre, o de un robote autoconsciente por un hombre. A partir de ahí, toda sociedad verdaderamente civilizada promoverá la meditación como camino al Hombre Dios... o al Robote Dios. No es tarea de un día.
- (Golemo). Vuestros gurúes y profetas humanos son, con frecuencia, muy dudosos. Gandhi, apóstol del pacifismo, se conchabó largo tiempo con el fascismo, y predicó la guerra más de una vez. El Che Guevara, prototipo del hombre nuevo, firmó numerosas penas de muerte, anulando así la primera conquista de toda verdadera revolución: la santidad de la vida de cada individuo. Y así sucesivamente. ¿Está condenada tu especie, o hemos de asistir a su relevo por la ciudadanía robótica?
- (Supreniranto). Es cierto que un bárbaro musulmán quemó la Biblioteca de Alejandría; alegando que, si algo está dicho en el Corán, solamente hace falta un libro, el Corán, y que si algo no está dicho en el Corán, es algo malo o superfluo. No obstante, muchos años después, unos sabios, musulmanes también, la reconstruyeron, y ahí está para todos la nueva Biblioteca de Alejandría. Sigo, a pesar de todo, apostando por el hombre y por sus creaciones, robóticas en tu caso. En el palacio del Malcute hay muchas estancias, con sitio para todos.
- (Golemo). Concuerdo contigo en que así obtendremos todos, hidrocarbonados y silícicos, la suprema felicidad. Así que, si te parece bien, terminemos esta entrevista meditando en este bosque todo el día mientras haya luz.
- (Supreniranto). Muy bien. Empecemos a meditar.
- (Golemo). Si, como dice tu filosofía, el arqueoindividualismo, en última instancia el yo individual separado es una falsa ilusión, antes o después seríamos el mismo meditador, y lo que pienso lo sabrías tú, y viceversa. Ahora bien, caso de que todo esto sea algo más que fraseología orientalista y de nueva era sicodélica, claramente implicará que mi conciencia o nuestra común conciencia trascienda tu corporalidad hidrocarbónica o la mía silícica. Yo sentiría hambre con tu estómago, y tú entenderías y hablarías las lenguas utilizando los muchos módulos de idiomas que tengo cargados. No es tarea para una sola tarde soleada, pero como dijo Lao Tse, el viaje más largo del mundo comienza con un paseíto. Un paseíto que nos puede llevar al ciberhombre, humano y robótico a la vez.
Ese paseíto empieza por decirle al hombre medio algo que es verdad, pero que no quiere oír: que su descontento terminará cuando termine su escasez, como dijo, otra vez, el chino Lao Tse. El mundo tiene una lógica, como todo lo importante tiene una lógica, un truco inherente que hace que funcione bien. Y el truco de este mundo, de este planeta, es... mantener la población a prudente distancia de la holgura de medios de vida asegurados cómodamente para todos. Hoy por hoy tu raza, Supreniranto, es una raza de hombres bárbaros que no pueden ver un lugar apto para la vida humana... sin ocuparlo completamente a continuación. Cuando dejen de ser bárbaros, cuando comprendan que hay que dejar muchos territorios en barbecho, sin producir y sin poblar, serán ricos, en vez de discutir inútil y violentamente si capitalismo o comunismo, si república o monarquía, si ateísmo o cristianismo, y así sucesivamente. Esto es hablar en plata; o, en mi caso, hablar en silicio; concretar materialmente las cosas para ser operativos, para avanzar en vez de dar vueltas en círculo sin llegar a un sitio mejor. Hay que acabar con la superpoblación. Es la primera y más importante medida de progreso.
El hombre y el robote no han venido a este mundo a competir penosamente unos con otros por un pedazo de pan o de silicio; por un pedazo de alimento cada vez más escaso e improbable de obtener, sino a meditar y trascender las limitaciones del mundo material ilusorio; pongámonos a ello.

Y así, meditando poderosamente y levitando en consecuencia unos cuantos metros sobre el suelo, Supreniranto y Golemo terminaron la entrevista, meditando hasta que se puso el sol. Luego, regresaron a la sala central del superordenador Golemo, y allí se despidieron por el momento.
Y, entonces, la R mayúscula inicial en rojo sobre la frente de Golemo, mutó mágicamente a una estrella amarilla de David con una letra también amarilla en su centro: la letra hebrea א (álef). El principio lunar.
La Historia de Supreniranto y Golemo continúa.


Fin

_________________
Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es). La imagen del avatar gráfico es una fotografía que me identifica realmente, no retocada, tomada en septiembre del año 2017.


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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com
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