El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

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Alexandre Xavier
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El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Mensaje por Alexandre Xavier »

El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Saludos a todos.
En este foro Sofos Ágora, Nil y Jbell han dicho lo siguiente.

"[Nil]
El tabaco es veneno, y se sigue vendiendo. No hay [en el capitalismo] caso más claro, aunque los hay más graves.

[Jbell]
El azúcar seguramente mata a más personas que el tabaco. Los productos altos en colesterol también son muy dañinos. Y tantos otros productos. Qué decir de los automóviles. Podemos hacer una lista interminable. ¿Te parece bien que los prohibamos todos? ¿Te parece que dejemos en manos de los científicos lo que podemos y no podemos consumir o hacer?
En una sociedad libre [capitalista] son las personas que la componen quienes deciden qué es lo que se debe prohibir de acuerdo a los conocimientos, a las creencias y valores de las personas. Para eso están las leyes dictadas democráticamente. No hay que echarle la culpa al empedrado de nuestros tropiezos. No es el libre mercado el culpable. Tampoco son los automóviles los culpables. Somos nosotros, los seres humanos.".

Obviamente, los breves incisos entre corchetes son aclaraciones mías, no palabras textuales de Nil o de Jbell.
Bueno, vayamos al grano.
En ética y política es clásica la distinción entre asuntos burdos, claros y simples por un lado, y asuntos complejos, ambiguos, conflictivos y oscuros por otro.
La pena de muerte, o el mercado de drogas duras, son asuntos del primer tipo. En realidad, está clara la ilicitud de la pena de muerte, o de lucrarse cultivando, fabricando y vendiendo alcohol, tabaco, cocaína o heroína. De ahí que, por ejemplo, los recientes tribunales penales internacionales (que no empezaron a existir hasta después de la Segunda Guerra Mundial) excluyen por completo la pena de muerte, y eso que juzgan crímenes gravísimos como delitos de guerra, genocidio y crímenes contra la Humanidad. En cuanto a las drogas duras, la prohibición general de su consumo oscila entre ser total o ser parcial según la Historia y la cultura de la sociedad que las encare, pero de todos modos siempre hay fuertes restricciones, campañas públicas sin ánimo de lucro en contra de su consumo y su producción (que no campañas públicas sin ánimo de lucro a favor de su consumo y su producción) y políticas públicas, legislativas o de otros tipos, contra la producción, la venta y el consumo de estas sustancias, especialmente en cuanto a menores de edad y discapacitados.
O sea: está claro que, en condiciones favorables a la buena acción política y ética, se excluyen la pena de muerte y las drogas duras. Son asuntos relativamente claros y, en teoría, con solución bien definida, o sea su desaparición total de la sociedad.
El tabaco es, probablemente, la droga dura más legalizada que hay, cuyo consumo solamente está restringido o prohibido a menores de edad y a algunos discapacitados o personas privadas de libertad por hechos criminales o por enfermedad mental incapacitante.
Y solamente cabe una acción racional ante este veneno que es el tabaco: erradicarlo totalmente.
Bueno, y con el azúcar, ¿qué?
El consumo de azúcar es un ejemplo típico del segundo tipo de asuntos: asuntos complejos, ambiguos, conflictivos y oscuros.
El tabaco no es necesario de ninguna manera para la vida o la salud; nadie se muere ni enferma, incluso levemente, por no fumar. Su necesidad fisiológica, pues, no existe. De ahí que cuando, por medidas culturales o políticas, se restringe efectivamente el acceso de una droga dura a los consumidores, siendo un gran ejemplo histórico la Ley Seca estadounidense de entreguerras, la morbimortalidad cae en picado, ya que el consumo de una droga dura es, literalmente, el consumo de un potente veneno, y sustraer de tal consumo a la población siempre va a ser mucho mejor, en el plano de la morbimortalidad, que permitírselo. Las cifras no engañan: durante los tres años con efectividad real de la Ley Seca estadounidense, la morbimortalidad asociada al alcohol bajó drásticamente, incluso teniendo en cuenta los crímenes, accidentes y envenenamientos por consumo de alcohol adulterado con metílico y por los actos violentos de mafiosos y policías para continuar o reprimir la ilegal venta de alcohol. De manera menos dramática, y más continuada en el tiempo, el estudio comparativo de las sociedades islámicas con nulo o muy bajo consumo de alcohol y de las sociedades cristianas con alto consumo de vino, cerveza o licores destilados de alta graduación, indica lo mismo: un bajón acusado de la morbimortalidad etílica allí donde no se bebe alcohol.
Con el azúcar, en cambio... la cosa cambia totalmente.
Sin tabaco, no solamente se puede vivir, sino que si se tiene muchísimo dinero, ¡se puede vivir muy bien!
Sin azúcar, uno se muere. Y con un consumo casi nulo de azúcar, serias enfermedades o la muerte acechan pronto al que come de tan insana manera.
¿Quiénes corren riesgo de morir por falta de azúcar? Únicamente, en la práctica, habitantes de regiones congeladas o desérticas donde es bastante difícil obtener vegetales. En esas zonas, hay poco más que el azúcar contenido en la leche o en la miel. Mas esto es sobre todo cosa del pasado. La solución a los casos puntuales de malnutrición por carencia de azúcar en la dieta (es decir: por un carnivorismo forzoso y exclusivista) está sencillamente en buenos sistemas de transporte y distribución, en esas zonas del planeta con suelos agrícolamente muy pobres, de vegetales, harinas, féculas y dulces para esa escasa población que vive en climas tan duros. La solución hoy es fácil, y no representa ningún problema importante ya en Alaska, Groenlandia, el Sahara o el desierto interior de Australia.
Es decir: el problema que mata a la gente con el azúcar es tomar demasiado azúcar.
Sabemos que la obesidad es un trastorno muy raro durante la mayor parte de la Historia humana. Esta patología se desconoce durante todo el Paleolítico, y solamente empieza a aparecer en contados puntos del Neolítico cuando los primeros excedentes agrícolas permiten a las elites urbanas darse atracones periódicos. Antes de eso no existían los gordos, y en ese momento solamente los ricos podían estar gordos.
Y esos primeros gordos lo eran fundamentalmente por comer azúcar. Cierto que la carne y el pescado se comían con toda su grasa, y que eso también engordaba, pero el aporte fundamental de calorías almacenadas de más en el cuerpo, procedía de los azúcares. Cuando hablo de azúcares, no me refiero solamente a productos de sabor dulce. Todas las comunidades humanas que no viven en suelos de gran pobreza, tienen como elemento base de su dieta el grano, el tubérculo, el fruto o la raíz que se dan bien en el suelo local (maíz, trigo, centeno, patata, ñame, plátano, arroz, soja, etcétera) y que aportan los hidratos de carbono y el almidón que, en cualquier estómago normal, se convierten en azúcares. Como veis, siempre se trata de vegetales ricos en fécula.
El azúcar puro o casi puro es un producto conocido desde el Paleolítico Inferior (desde unos cien mil años hasta la actualidad) por cocido, concentración o desecación al aire libre de jugos de frutas dulces, savias de árboles, miel de abejas y otros fluidos muy azucarados. Sin embargo, su consumo fue muy raro hasta el Neolítico, tanto por su carestía (artículo de lujo) como por su uso preferente: conservar otros alimentos.
En efecto, el azúcar en alta concentración es antibiótico, contrario a la vida, para casi todos los seres vivos. La razón es que el azúcar puro o casi puro resulta intensamente hidrófilo, chupando así toda el agua de las membranas celulares, y provocando, rápidamente, la muerte del pequeño insecto o ratón que imprudentemente se ha hundido en una masa de miel o de jarabe de arce, atraído por su olor y su sabor. Los animales grandes, como un oso adulto o un hombre adulto, evidentemente que no se mueren por una ingesta excesiva de miel o jarabe de arce, pero el secuestro hídrico que esta ingesta les produce les causa una intensa sed para metabolizar el azúcar ingerido, y evitar su propia deshidratación. Por eso en la mesa humana los dulces se acompañan con agua u otras bebidas.
Así que la miel, el jarabe de arce, el jugo concentrado de caña azucarera, la pasta desecada de dátil o plátano, etcétera, pronto se utilizaron para conservar en su interior otros alimentos como pescado desecado, carne o pan. También para conservar los medicamentos de la época, generalmente extraídos de plantas.
El consumo de estas conservas dulces era muy esporádico, se solía acompañar de agua, y no representaba un riesgo de obesidad hasta, insisto, las primeras concentraciones de agricultura sistemática en unos cuantos valles fluviales del Neolítico.
¿Qué decir, pues, de la tajante afirmación de Jbell, según la cual el azúcar seguramente mata a más personas que el tabaco?
Con ciertas matizaciones, Jbell dice aquí la verdad.
El azúcar nunca mata directamente a corto plazo (el tabaco sí que puede hacerlo) mas, de todas maneras, la enorme extensión del consumo excesivo actual de azúcar, no restringido ni siquiera para los niños, es causa principal o causa concurrente de una morbimortalidad tan masiva que, efectivamente, hoy el azúcar produce más muertes y enfermedades que el tabaco.
Como he dicho antes, los males por ingesta excesiva de azúcar eran desconocidos hasta hace unos diez mil años. ¿Por qué, entonces, representan el grave problema actual?
Por varios factores; sobre todo, por factores culturales. Y, también, por factores socioeconómicos, ligados a la estructura productiva y política.
Lo pondré con un ejemplo paradójico: pongamos a la típica chica mona que, en parte por lucir bien desnuda o casi desnuda en la playa, la discoteca, la cama con su novio o marido, la calle ante sus amigas, su trabajo en el que tiene que aparecer con perfecta imagen sin barriga ni papada, y en parte por cuidar su salud, no toma en el desayuno más que café sin azúcar o cacao sin azúcar en la leche, que rechaza totalmente el helado, las tartas de chocolate con cerezas en almíbar y todo tipo de dulces cocinados, además de no echar jamás azúcar en lo que bebe o come.
Pues el caso es que esta chica bella, lo sepa o no... está tomando cantidad de azúcar desde que se levanta hasta que se acuesta.
Lo primero y más evidente se da cuando se harta de plátanos, sandías, melones, dátiles, fresas y demás frutas dulces. Esto ya lo sabrá, la chica no es tonta.
Y lo segundo está cuando se come su típico pan integral, cuando echa mayonesa a la ensalada de espárragos o salsa de tomate a los espaguetis y a los huevos fritos.
Esto es el azúcar invisible. El azúcar que se echa a gran cantidad de alimentos, a menudo sin sabor dulce perceptible, para mejorar su color, su textura, su olor, su sabor, etcétera. O para aumentar, como hemos visto, su duración sin pudrirse.
Total: que aunque la chica jamás use un azucarero ni las típicas bolsitas de azúcar, melaza de caña o miel, se está metiendo en el cuerpo bastante más azúcar todos los días que la cantidad mínima necesaria para su salud.
Ahora tenemos identificado el problema.
Como he dicho, la bella chica no es nada tonta, y también sabe leer. O sea, sabe que en la salsa de tomate, el paté de oca, el pan integral y el queso se va a encontrar azúcar. Entonces, puede seleccionar, por la etiqueta, los alimentos procesados sin azúcar añadido o con un porcentaje muy bajo de azúcar.
Las chicas cuyo trabajo se basa en salir desnudas o casi desnudas en revistas, espectáculos, películas o programas de televisión, saben todo esto de sobra, y en consecuencia su consumo de azúcar es mucho más bajo que el de la población en general. Aparte de las bonitas siluetas que lucen, también caen entre ellas la morbilidad y la mortalidad por sobreingesta de azúcar, empezando por la obesidad, claro está.
De todas maneras, no se va a librar de los problemas derivados de la ingesta masiva continua de edulcorantes sustitutivos como ciclamato, sacarina, sucralosa, maltitol, aspártamo y otros. Cualquier dietista reconoce que lo mejor es limitarlos y eliminarlos en lo posible.
Pero, hoy por hoy, va a ser muy difícil encontrar en el mercado una tableta de chocolate, o un yogur de fresa, sin azúcar y sin edulcorantes artificiales.
Lo mismo con una típica cocacola (uso el nombre como un genérico para este tipo de bebidas, ¡no me llevo comisión de la empresa Coca-Cola!). Si la cocacola, o el refresco de naranja con burbujas, no lleva azúcar, llevará un edulcorante artificial; ninguno de los dos añadidos es aconsejable para la salud. Quiero decir que el consumo elevado y periódico de edulcorantes sustitutivos es claramente perjudicial; otra cosa es su consumo esporádico y en bajas dosis.
Por otra parte, la población en general no toma las precauciones contra el azúcar que son tan típicas en mujeres bellas que viven, literalmente, de su imagen corporal.
Bueno, ¿qué hacemos?
Entramos en política, no solamente en bromatología o farmacología.
Supongamos que un ciudadano sin grave problema de gordura encuentra en el supermercado el típico botellón de dos litros con una bebida refrescante coloreada. Sabemos que esa bebida tiene mucho azúcar, y por otro lado nuestro hombre no se quiere meter edulcorantes artificiales en el cuerpo, eligiendo un refresco similar, pero con edulcorantes artificiales en vez de azúcar.
En realidad, la solución es sencilla... y barata.
Consiste en comprar el refresco en botellón grande (más económico por litro que un botellín o una latita) y, después, diluir mucho el producto en agua. Por ejemplo, una parte del refresco amarillento con sabor a naranja por cuatro partes de agua. O una parte de ese refresco por nueve partes de agua.
Diluido al diez por ciento en agua, el refresco será mucho más barato y no causará ingesta excesiva de azúcar.
Y aquí llega el recaudador de impuestos, con su poco sincero disfraz de guardián de la salud pública.
En lo que lleva el siglo XXI, varios países y territorios han introducido impuestos a las bebidas con mucho azúcar, y se espera que este impuesto se extienda más y más. También se plantea extender este impuesto a alimentos azucarados que no son bebidas.
Bueno: al grano con el debate que aquí, en el foro Sofos Ágora, enfrentaría a Jbell con Jvahn (más con Jvahn que con Nil) sobre el caso.
La introducción de impuestos sobre las bebidas muy azucaradas, aparte de su obvia (y silenciada hipócritamente) intención recaudatoria, tiende también a empujar a los fabricantes a ofrecer bebidas menos azucaradas, pues éstas no pagan tantos impuestos.
Y la primera cuestión es: ¿cuánto azúcar es demasiado azúcar en una bebida refrescante?
Y la segunda cuestión, cualitativamente diferente de la anterior, es: ¿por qué no permitir que el consumidor añada libremente, si quiere, agua a la bebida azucarada que compre, sin cargarlo con un nuevo impuesto?
Por un lado, consideremos que el consumidor no siempre, ni mucho menos, es libre de hacer tal añadido de agua. Un caso típico es un bar... donde, frecuentemente, le cobrarán aparte el agua que quiera añadir, a menos que una ley obligue al bar a dar agua gratis al cliente. Las costumbres o presiones en comedores escolares o laborales, en la familia, etcétera, también pueden limitar o impedir esta práctica de bautizar el refresco azucarado. Y si la botella se compra para beber directamente de ella por el morro mientras se anda por la calle, práctica muy frecuente en Nueva York, tampoco será fácil o posible añadirle agua. De hecho, el alcalde de Nueva York intentó impedir la venta de la botella grande de cocacola, alegando el problema de la obesidad en la ciudad. Los jueces lo obligaron a dar marcha atrás; y, jueces y políticos aparte, ¿cuándo una botella de refresco es demasiado grande para beberla por la calle en Nueva York? ¿Medio litro, un litro, dos litros, o qué?
Por otro lado, el aura progre y salvadora de los impuestos contra los productos tóxicos o peligrosos no puede impedir reconocer que esos impuestos nunca han logrado erradicar el consumo de tales sustancias. Y no puede ser así ya en teoría: porque, si el consumo baja mucho, se hunde la recaudación. Y se trata también de recaudar, por mucho que los médicos vayan de buenos y recomienden altos impuestos para el tabaco, el alcohol o las bebidas muy azucaradas. Esos mismos médicos influyentes de la Organización Mundial de la Salud y otros prestigiosos organismos sanitarios suelen callarse ante la espinosa pregunta: oíd, matasanos, ¿y si en vez de tantos impuestos sobre el alcohol, por ejemplo, reimplantamos la ley seca?
La ley seca, conflictiva y raramente aplicada en países de cultura cristiana, es en teoría la regla en los países de predominio musulmán, aunque luego ya sabemos que la práctica suele ser diferente.
En todo caso, ante un alimento necesario como es el azúcar, el tratamiento del asunto no es, no puede ser, como el de una droga dura innecesaria para el organismo.
Jbell y los partidarios del capitalismo, o del libre mercado casi exento de regulaciones legales, suelen olvidar que las propias disposiciones políticas son generadoras de oportunidades de mercado, que no existirían sin esas políticas.
Veámoslo con un ejemplo que vuelve a nuestro azúcar.
El yogur es un producto saludable y que no plantea objeciones éticas o políticas. Tampoco tiene por qué ser caro, y salvo experimentos bastante locos de estatización radical de la economía, el mercado sí que se ocupa de poner yogures baratos en las estanterías de los supermercados.
Un tipo muy popular de yogur es el yogur de fresa.
Hay tres cosas que, en teoría, le sobran al yogur de fresa: el colorante, el azúcar y los edulcorantes sustitutivos. Lo que cualquiera puede hacer comprando yogur natural y añadiéndole unas cuantas fresas picadas, obviamente también lo puede hacer la industria alimentaria.
Sin embargo, el producto aparecerá con un rojo parduzco poco atractivo, ya que el colorante natural de la fresa se degrada rápidamente, y el sabor será levemente dulzón, bastante insípido, ya que la fresa no es de las frutas más dulces y, además, el sabor ácido del yogur contrarresta el dulce de la fruta.
¿Cómo, entonces, conseguir que, en los supermercados, haya yogur natural (o desnatado, si no se quiere grasa tampoco) de fresa pero sin azúcar, edulcorantes sustitutivos ni colorantes?
Una manera de hacerlo, aunque no la única, es un impuesto sobre los colorantes, el azúcar añadido y los edulcorantes sustitutivos, impuesto del que, lógicamente, queda exento el yogur de fruta sin más ingredientes que el propio yogur y la fruta picada que se le añade.
De todas maneras, introducir ese nuevo impuesto tampoco es una manera segura de incentivar el abandono de aditivos superfluos. Está claro, sí, que para empezar, ante ese nuevo impuesto los fabricantes reaccionarían presentando yogures de fresa sin otra cosa que yogur y fresas en el envase.
Pero, ¿habría una masa importante de consumidores dispuestos a comer un yogur con color rojo parduzco apagado, y con un sabor a fruta muy poco dulce? Puede que sí, o puede que no. Las experiencias en el mercado con un producto comparable, la mermelada de fresa baja en azúcar y sin colorante, indican que los consumidores de esa variante existen, mas están lejos de ser masivos o mayoritarios.
Voy terminando. Este mensaje introductorio, como veis, está lejos de ser doctrinario o sermoneador. Es un mensaje más destinado a cuestionar que a proponer; un mensaje destinado, sobre todo, a señalar que, en temas sociales, las soluciones simplistas y tajantes no suelen funcionar bien y, además sí que suelen esconder intereses económicos poco confesables.
Con las bebidas azucaradas en concreto.
Si no hay impuesto especial que las grave, el consumidor salva su bolsillo y tiene más libertad, pero quienes no puedan o no sepan aguar esas bebidas, engordarán, verán su salud dañada y el sistema sanitario multiplicará sus costes.
Si hay impuesto especial que grave las bebidas azucaradas, el consumo de azucar bebido se va a reducir considerablemente, en beneficio de los propios consumidores y del equilibrio financiero del sistema sanitario, mas así se va a asfixiar al consumidor con un nuevo impuesto que, además, quita al consumidor libre y consciente la posibilidad de solucionar por su cuenta el problema, con la barata y segura práctica de diluir la bebida o el jarabe con mucho azúcar en gran cantidad de agua.
Hay contraposición de intereses, complejidad y conflicto, se decida lo que se decida. Y no he sido exhaustivo sobre los factores influyentes, ni mucho menos.
Bueno, ahí tenéis las cartas sobre la mesa.
Lo político es intrínsecamente complejo.
Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo, correo electrónico trigrupo @ yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es).
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Charleston
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Re: El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Mensaje por Charleston »

Alexandre Xavier, desconozco el concepto que tienes de "droga" o si "droga dura" es algo científico (humildemente, pienso que no). Hoy en día, cualquier anestésico de cirugía mayor (en medicina) es una "droga dura". Cualquier paliativo del dolor crónico masivo (como el provocado por ciertas enfermedades), también es una "droga dura". Los mórficos y los opiáceos son usados profusamente en la medicina. Otra cosa es el posible "abuso" de los mismos (como de los antibióticos). ¿Prohibición? ¿Libertad?
Desde luego, la ciencia no tiene la culpa de sus usos o sus abusos: la tienen las personas. Máxime cuando advierte de sus beneficios y sus peligros.
Al final, quien toma la decisión de fumar o no, de tomar azúcar o no, de drogarse o no... es la persona. Los políticos andan vendiendo armas y jugando a las guerras y al poder...
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JBELL
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Re: El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Mensaje por JBELL »

Alexandre Xavier escribió:En todo caso, ante un alimento necesario como es el azúcar, el tratamiento del asunto no es, no puede ser, como el de una droga dura innecesaria para el organismo.
Jbell y los partidarios del capitalismo, o del libre mercado casi exento de regulaciones legales, suelen olvidar que las propias disposiciones políticas son generadoras de oportunidades de mercado, que no existirían sin esas políticas.
Lo lamento Alejandro, pero eso es una falacia. El azúcar como producto no es necesaria. Tampoco la sal. Otra cosa es que se encuentre en la fruta u otros productos naturales. El alcohol tampoco es necesario y causa mucho daño. El tema a mi juicio es la transparencia e información que recibe quién quiere consumir un producto que le ocasionaría un mal. Hay gente que sobre consume azúcar y nada le ocurre. Hay gente que vive fumando hasta los 80 años. Sin duda existe un tema más amplio que mirar sólo el consumo de un producto individual. El tema es la libertad. Dónde matas la libertad. Dónde comienzas a despreciar lo que cada cual decide. Si consumir un producto o no consumirlo te puede mermar la vida en 5 o 10 años es un tema que a mi juicio cada cual debe evaluar. Si está comprobado que te mata en 5 o 10 años y produce adicción, o que afecta en forma definitiva tu estado de conciencia, tiene más peso la prohibición. Para lo primero, se requiere información y conciencia de cada cual. Si permitimos que autoridades puedan prohibir cosas que nos pueden hacer mal, entregaremos la llave de nuestra libertad a otros, ya que a fin de cuentas todo puede hacer mal y por sí solos no son esenciales para nuestra subsistencia.

No hay que perder el foco de lo importante. Lo primero que hay que cuidar es nuestra libertad.
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Alexandre Xavier
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Re: El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Mensaje por Alexandre Xavier »

Saludos de nuevo, Jbell y Charleston.
Dices lo siguiente. Jbell.

"Alexandre Xavier escribió:
En todo caso, ante un alimento necesario como es el azúcar, el tratamiento del asunto no es, no puede ser, como el de una droga dura innecesaria para el organismo.
Jbell y los partidarios del capitalismo, o del libre mercado casi exento de regulaciones legales, suelen olvidar que las propias disposiciones políticas son generadoras de oportunidades de mercado, que no existirían sin esas políticas.
Lo lamento Alejandro, pero eso es una falacia. El azúcar como producto no es necesaria. Tampoco la sal. Otra cosa es que se encuentre en la fruta u otros productos naturales. El alcohol tampoco es necesario y causa mucho daño. El tema a mi juicio es la transparencia e información que recibe quién quiere consumir un producto que le ocasionaría un mal. Hay gente que sobre consume azúcar y nada le ocurre. Hay gente que vive fumando hasta los 80 años. Sin duda existe un tema más amplio que mirar sólo el consumo de un producto individual. El tema es la libertad. Dónde matas la libertad. Dónde comienzas a despreciar lo que cada cual decide. Si consumir un producto o no consumirlo te puede mermar la vida en 5 o 10 años es un tema que a mi juicio cada cual debe evaluar. Si está comprobado que te mata en 5 o 10 años y produce adicción, o que afecta en forma definitiva tu estado de conciencia, tiene más peso la prohibición. Para lo primero, se requiere información y conciencia de cada cual. Si permitimos que autoridades puedan prohibir cosas que nos pueden hacer mal, entregaremos la llave de nuestra libertad a otros, ya que a fin de cuentas todo puede hacer mal y por sí solos no son esenciales para nuestra subsistencia.
No hay que perder el foco de lo importante. Lo primero que hay que cuidar es nuestra libertad.".

No sé si has leído entero mi mensaje anterior.
Pero todo da a entender que no.
Pues, si lo hubieras leído, ya sabrías que, aunque de modo marginal, sí que se dan estados carenciales en azúcar. Ese problema se produce en zonas de clima muy frío, donde escasean los vegetales comestibles. Un problema que solamente existe cuando la dieta es exclusivamente carnívora, o casi.
Y, hoy, los gobiernos de esos territorios siempre toman medidas para asegurarse de que el azúcar, y otras sustancias escasas en la dieta local, lleguen a la población, siendo un ejemplo histórico la vitamina C. No se deja a la libertad individual de cada esquimal decidir si quiere tomar, o no, fruta fresca. Para empezar, ese esquimal tendría serias dificultades económicas en hacerlo, a menudo. Como los gobiernos centrales de Rusia, el Canadá, Alaska, Groenlandia, etcétera, quieren fijar población y mantener su control de esas zonas, a salvo de movimientos independentistas, siempre se preocupan con medidas como rebajas fiscales, acuerdos con empresas privadas, donaciones públicas de alimentos, etcétera, de que los esquimales no carezcan de glúcidos (precursores de azúcar metabólico) o de vitamina C en su dieta.
El hecho de que para la gran mayoría de la población el problema sea el exceso de azúcar en la dieta no quita el hecho de que, como alimento, el azúcar sí que es imprescindible para la vida.
El alcohol, no. Y por eso no hay enfermedades carenciales debidas a la falta de alcohol en la dieta. Las hay por carencia de azúcar, de vitamina C o de yodo.
Un primer criterio de demarcación, así, se establece cuando se trata de evitar enfermedades carenciales involuntarias, por razones sobre todo económicas. De ahí las subvenciones, las exenciones o rebajas fiscales, los acuerdos con la industria alimentaria, etcétera, por ejemplo para combatir el bocio, hinchazón de la glándula tiroides debida a la escasez de yodo en la dieta. La dieta clásica contra el bocio es comer mucho pescado marino, pero no todo el mundo vive en la costa gallega o chilena, claro. Por eso es política frecuente en los gobiernos centrales y locales inducir a la industria alimentaria a que incorpore pequeñas cantidades de yodo a los productos de consumo imprescindible, como la sal, el pan o incluso el agua, y todo ello sin abrumar económicamente al consumidor.
Cuando estas medidas están bien desarrolladas, no causan trastorno a la libertad real, son efectivas para la salud de la gente y no apuñalan su bolsillo, de modo que hay aquí políticas públicas que no atacan la libertad sino que la fortalecen.
Una primera aproximación a la posible licitud de restringir el consumo de ciertas sustancias se da con la sanidad pública. Hoy, todos los países medianamente civilizados poseen un importante sistema de sanidad pública no directamente finalista (es decir, que atiende incluso a ciudadanos sin recursos) y podemos estar seguros de que la gran excepción, los Estados Unidos, seguirá incorporándose a la sanidad pública universal, a pesar de los intereses de tal presidente del país con intereses en las farmacéuticas o cual lobi (grupo de presión) de las aseguradoras médicas privadas.
Entonces hay que distinguir la potomanía del alcoholismo.
El alcohol mata muchísimo: alcoholismo. El agua no mata casi nunca, pero puede matar: potomanía. El potómano bebe muchísima agua, mas no como bebemos muchísima agua los que solemos tener una sed angustiosa por metabolismo acelerado y mucha transpiración. A los sedientos el agua no nos mata, sino que nos da vida. En cambio, el potómano bebe sin sed, por ansiedad, y diluye de tal modo sus fluidos internos que acaba con mareo e incluso muerte.
La potomanía es un raro trastorno siquiátrico que no está, afortunadamente, en manos de esos peligrosos mafiosos que son los políticos profesionales, los jueces y los abogados.
Al ser un trastorno más bien marginal, poco contagiable y de tratamiento económicamente viable, una prohibición general de beber agua es absurda y, lejos de haber campañas contra el agua, lo que hay es campañas incitando a beber agua, incluso sin sed, ya que la deshidratación crónica por dejadez en el beber resulta un serio problema, sobre todo en ancianos.
El alcohol se encuentra en situación completamente diferente. El abuso de su consumo no es marginal, sino masivo. No es un producto necesario para la vida, y el agua sí. Los intereses económicos de bodegueros, cosecheros y destiladores producen problemas de salud pública, mientras que los intereses de los vendedores de agua embotellada producen, como mucho, el nada desdeñable ya problema de reciclar millones y millones de botellas de plástico. Nadie se muere por beber agua embotellada, aunque suele ser un desperdicio económico por no beber la mucho más barata e igual de sana agua del grifo.
Como decía, estamos ante una sobrecarga del sistema sanitario, que no tiene capacidad ilimitada. Las compañías de seguros, que juegan con su propio dinero, nunca van a incluir recargos ni exclusiones de indemnización a los sedientos que nos bebemos de un tirón un botellón de dos litros de agua o refresco de naranja. En cambio, sí que lo hacen con los que beben un botellón de güisqui de un tirón. Porque el alcohólico tiene un riesgo sanitario económicamente mucho más elevado. Ni siquiera el potómano suele estar penalizado por las compañías privadas de seguros.
El agua, pues, no es un problema, por ejemplo, para el sistema nacional chileno de atención sanitaria (similar al europeo, en general) pero sí que lo es el alcohol.
Llega un momento, sobre todo en períodos de escasez de aportes al fondo sanitario, en que se hace difícil atender a tantos alcohólicos (o fumadores, o cocainómanos). Y entonces los galenos, enfermeros, trabajadores sociales y demás tiran de la barba al ministro de Sanidad de turno. El cual, por muy ultraliberal que sea ideológicamente, no puede escaquearse del asunto.
Por esto, hoy todos los países del mundo hacen campañas y toman medidas legislativas contra el consumo de alcohol y de tabaco. Aunque, por otro lado, permiten la publicidad y sacan muchos impuestos con estos dos venenos legalizados. De hecho, en estos casos, hay una permanente guerra civil en el seno del gobierno. Porque lo que para el ministro de Hacienda es un fracaso, el cierre de destilerías, estancos vendedores de tabaco, bodegas y haciendas con plantación de tabaco (ya que se desploma la recaudación fiscal) para su colega, el ministro de Sanidad, es un gran triunfo que no necesita explicación ninguna. Como el primer ministro, lógicamente, es mucho más odiado que el segundo, a la larga prevalecen en la política real las medidas propugnadas por el ministro de Sanidad: restricciones y prohibiciones a la producción, la publicidad, la venta y el consumo de alcohol o tabaco.
Un caso extremo se ha dado en Inglaterra, donde algunos médicos han denegado el tratamiento antibronquítico a los grandes fumadores crónicos, alegando que se trata de una patología provocada voluntariamente por el propio enfermo, cuyo tratamiento no tiene por qué costear la sanidad pública inglesa. Como comprenderás, Jbell, inmediatamente la población pagana de impuestos se ha levantado contra este abuso de poder por parte de los matasanos, allí en Inglaterra y aquí en España, donde no faltaron médicos que eran de la misma opinión. Estos enfermos voluntarios, pues, siguen atendidos en la sanidad pública, mas, ¿hasta cuándo?
El problema es muy serio para quienes no somos socialistas como Jvahn. Porque Jvahn sí que es intervencionista sin restricciones, incluso para meternos sus ominosos jueces, abogados y fiscales con la eutanasia capital, eufemismo de la pena de muerte aplicado por Jvahn y por su maestro, el también marxista Gustavo Bueno, alias El Basilisco.
El problema es muy serio para quienes, en el fondo, pensamos, como tú, que cuanto menos se metan el Estado, la Iglesia y la sociedad en la vida de los individuos, mucho mejor. Para Jvahn, el Estado y la sociedad tienen tanto derecho a meterse en la vida del individuo... como para eliminarla legalmente. Como suelo decir: ¡me cisco en los jueces, abogados y políticos del mundo entero! En fin, volvamos al espinoso asunto.
No podemos evitar, por un lado, un cierto intervencionismo contra el consumo de las drogas duras legalizadas, si queremos evitar el colapso del sistema sanitario público. Ese colapso nos llevaría a la penosa situación de la sanidad estadounidense hasta principios del siglo XXI, cuando comenzó la extensión masiva de la cobertura sanitaria hacia su universalidad.
Y ese retroceso sería una pérdida de libertad para la gran mayoría.
Por otro lado, no podemos evitar que el ministro de Hacienda aproveche para recaudar impuestos con un pretexto u otro. Y, cuantos más impuestos, menos libertad. Digan lo que digan Jvahn y los demás socialistas o marxistas.
Me mojaré en concreto con las bebidas azucaradas.
Y no quiero mojarme con una bebida alta en azúcar... y alta en impuestos.
Los impuestos especiales al azúcar, al final, son simplemente un recargo al consumidor. De modo directo o indirecto. Si las empresas ofrecen la bebida cara con mucho azúcar junto a la bebida barata con menos azúcar, es el consumidor el que paga. Si las empresas retiran la bebida con mucho azúcar y sólo ofrecen la bebida con poco azúcar, el precio no va a bajar; es decir, que echarán más agua, y nos venderán ahora agua a precio de azúcar. Ganan Hacienda, los recaudadores de impuestos y las grandes compañías. Perdemos los consumidores, los ciudadanos.
Quiero que no haya ningún impuesto especial contra el azúcar, y que el consumidor esté bien informado, por la etiqueta, del azúcar contenido en el producto. Y de que haya productos sin azúcar. Únicamente estaría justificado, como intervención estatal, que el Estado forzara a las grandes compañías a ofrecer bebida sin azúcar, sin edulcorantes sustitutivos del azúcar, sin colorantes, sin aromas artificiales y sin el resto de aditivos superfluos.
Si quiero una bebida con poco azúcar, ya soy mayorcito para rebajar con mucha agua (estirando así su uso, y economizando) la bebida cargadísima de azúcar que me ofrezcan en la tienda. No necesito ni quiero que el Estado me beneficie (en realidad, beneficiando los bolsillos de políticos, burócratas y monopolistas) haciéndome pagar un impuesto para obtener un resultado que sé obtener gratis.
El principio general es el principio de la intervención mínima y matizada finalistamente. Se trata de favorecer, ante todo, la libertad del individuo, el ciudadano y el consumidor, no la libertad del gobierno, de los jueces, de los abogados, de los recaudadores de impuestos y de las grandes compañías.
Soy favorable a la desaparición total de los impuestos, y como primera medida encaminadora a esto, de la reimplantación del diezmo, o sea, del diez por ciento como tasa máxima total de impuestos pagables año tras año (no sumables a otros impuestos: tope absoluto).
Soy también favorable a la desaparición del consumo de drogas duras, sean legales o ilegales. Es una restricción a la libertad individual, sí, pero una restricción mi juicio justificada por el principio de la intervención mínima y matizada finalistamente.
La primera medida conducente a esto es que el Estado renuncie a la ganancia fiscal por estos productos. O sea, que todo el dinero ganado en impuestos, multas, confiscaciones a narcotraficantes y demás, se invierta siempre totalmente en medidas contra el consumo de esos mismos productos.
No, no creo, y desde mi liberalismo individualista radical, desde mi arqueoindividualismo, en la legalización de los vicios. Si un Estado musulmán de Oriente Medio ya tiene legalizado el tabaco, legaliza ahora el alcohol, mañana la cocaína, pasado la heroína, a la semana siguiente la prostitución y al mes que viene la ruleta en los casinos... ya jamás le interesará al Estado que estas desgracias se acaben, porque si se acaban recaudará muchísimo menos.
Y sigo sin ser socialista. Y sigo sin ser colectivista. Cuanto menos Estado, mejor. Sigo poniendo al individuo, ¡siempre!, por encima de la sociedad.
El caso es que no podemos tener libertad real sin individuos sanos de cuerpo y alma.
Por eso no podemos aceptar al narcotraficante, pues destruye los cuerpos. De la misma manera que no podemos aceptar al abogado y al juez, pues estos dos mafiosos togados destruyen la seguridad jurídica y, con ella, la libertad, al convertir las leyes en papel mojado manipulable a su conveniencia, condenando a inocentes para sacarles su dinero y mantener sumisa a la población bajo tiranía judicial.

Una nota ahora para Charleston. Dices lo siguiente.

"Alexandre Xavier, desconozco el concepto que tienes de "droga" o si "droga dura" es algo científico (humildemente, pienso que no). Hoy en día, cualquier anestésico de cirugía mayor (en medicina) es una "droga dura". Cualquier paliativo del dolor crónico masivo (como el provocado por ciertas enfermedades), también es una "droga dura". Los mórficos y los opiáceos son usados profusamente en la medicina. Otra cosa es el posible "abuso" de los mismos (como de los antibióticos). ¿Prohibición? ¿Libertad?
Desde luego, la ciencia no tiene la culpa de sus usos o sus abusos: la tienen las personas. Máxime cuando advierte de sus beneficios y sus peligros.
Al final, quien toma la decisión de fumar o no, de tomar azúcar o no, de drogarse o no... es la persona. Los políticos andan vendiendo armas y jugando a las guerras y al poder...".

El concepto de droga blanda o dura es un concepto aproximativo conflictivo, sí. Pero también lo es el concepto de Europa como distinta de Asia, y la ambigüedad conflictiva del concepto de Europa no impide utilizar con provecho práctico ese concepto.
La droga es más dura que blanda atendiendo a un abanico de criterios entre los que destacan su toxicidad intrínseca, su letalidad, la alarma social que produce y su difusión entre los consumidores. El alcohol, el tabaco, la heroína y la cocaína son indiscutiblemente drogas duras, pues están en el extremo del puntaje de dureza. La sal, el chocolate, el azúcar y la leche, no. Sin embargo, existe la adicción al cacao como trastorno. Tú mismo citas situaciones complejas, confusas o intermedias, que también existen.
¿Debería llevar la adicción al cacao a una prohibición general de su consumo? No parece necesario. Con la cocaína... es mucho más grave y letal el problema. Y te lo dice un comedor y bebedor de chocolate que bordea la adicción, lo reconozco. La toxicidad directa del cacao es muy baja, y se manifiesta sobre todo en obesidad y exceso de grasa. Además de ser un alimento, lo que no ocurre con la cocaína. Se puede vivir sin chocolate, y Sócrates no lo necesitó para ser un gran filósofo.
¿Están justificadas las restricciones al consumo de chocolate? A un adicto de ésos que comen tres quilogramos al día o más (no he solido pasar de dos quilos al día, esporádicamente) y que está en tratamiento médico y siquiátrico, sí, pues la obesidad y el estrechamiento de sus venas le pueden dar un mal fin. La población menor y más susceptible es, en los países ricos (y en los no tan ricos) tradicionalmente una gran consumidora de chocolate, lo cual contribuye al serio problema de la obesidad. Por eso en los comedores escolares, campamentos de verano, parques infantiles de vacaciones, guarderías, hogares y otros lugares donde comen los niños, hay hoy medidas amplias para contrarrestar el excesivo consumo, reduciendo la ración y reduciendo también el contenido en grasa, azúcar y otros aditivos indeseables del chocolate.
Vemos ahí dos actitudes públicas y políticas diferentes ante una droga blanda pero droga al fin y al cabo, que puede perjudicar la salud de sectores poblacionales concretos, y una droga dura que perjudica directamente al que la toma y socialmente a todo el entorno del que la toma.
Está claro que ante dos problemas tan diferentes la política no puede ser la misma. No vale dar cocacola con cocaína (es la Coca-Cola original, por cierto) a los niños en los comedores escolares y no vale meter diez años en la cárcel a un fulano por posesión de seis quilogramos de chocolate con avellanas.
También es cierto que si a unos imbéciles de jueces y políticos se les ocurre prohibir el chocolate, inmediatamente les estallará una revolución en la cara. Está claro que, de inmediato, me sumaré a la multitud que pedirá las cabezas de magistrados y parlamentarios, los cuales huirán apedreados por bombones y pringados del chocolate hirviendo que la multitud furiosa les lanzará. Por eso estos pájaros andan con la mosca detrás de la oreja, en este asunto. Ganas no les faltan de prohibir el chocolate alegando que engorda y sube el colesterol, pero por otro lado temen la furia imparable de las masas, hartas de que les quiten uno de los pocos placeres hasta ahora siempre reconocidos.
Y, ciertamente, reconozco que si abuso del chocolate, no podré rebajar la panza. Adelgazar tiene sus costes.
El abuso de los anestésicos y medicamentos es un problema gordísimo. No me afecta en este caso, pues tengo declarada la guerra incluso a la ubicua aspirina. Mas ahí está el problema, más gordo todavía que el problema de la heroína.
Tomo todos los días dos medicamentos, uno contra el colesterol y otro contra los triglicéridos. Abomino de ellos (los matasanos alegan, con razón, que de no tomarlos, ya estaría muerto o en silla de ruedas, y más de fiar me resulta un matasanos que un picapleitos) y los dejaría si pudiera. Por otro lado, son medicamentos inodoros e insípidos, y no producen adicción física ni sicológica. Que, a largo plazo, produzcan efectos indeseables es harina de otro costal, aunque relativamente controlada.
Pero mucha gente se suicida de golpe o lentamente con la retahíla de somníferos, tranquilizantes, analgésicos y demás porquerías de la industria farmacéutica. Eso, cuando no hacen mezclas caseras de medicamentos, mezclas más mortíferas que una horda de jueces y fiscales al galope.
Tiene que haber en estos caso una severa regulación médica y farmacéutica, acompañada de un rechazo a la cultura de la pastilla. No es fácil, mas se puede hacer mucho y bien a largo plazo.

Cordialmente, de Alexandre Xavier Casanova Domingo correo electrónico trigrupo @yahoo . es (trigrupo arroba yahoo punto es).
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JBELL
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Re: El azúcar y la complejidad intrínseca de lo político.

Mensaje por JBELL »

Alexandre Xavier escribió:el azúcar sí que es imprescindible para la vida.
Lo imprescindible más bien son los productos que en forma natural contienen azúcar; como por ejemplo la fruta. El azúcar refinada no parece ser imprescindible. La prohibimos? Y qué hacemos con los automóviles que causan tantas muertes. Son imprescindibles? Los prohibimos? Y el vino, lo prohibimos? Me parece que tampoco el vino es imprescindible.
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